Fernán R. Cisnero
La travesía que llevó a Luis Alberto Lacalle a arañar su segunda presidencia fue larga, dura y por momentos errática. Fue, además, insuficiente para cerrar con éxito un proceso que inició como el candidato menos probable y lo dejó en el balotaje.
En realidad, ese proceso no termina. Como presidente del Directorio del Partido Nacional y su primer senador, Lacalle es el elegido para encargarse de la tarea de liderar una oposición que, por segundo período consecutivo, se enfrenta a una mayoría parlamentaria del oficialismo. El ex presidente ha avisado que no rehuirá el desafío.
RESURRECCIÓN. En junio de 2007, en una carta, Lacalle aseguró que "en las actuales circunstancias he resuelto no comparecer como precandidato del Herrerismo". Las circunstancias terminaron cambiando. Diez meses después, el 12 de abril de 2008 en el Centro Gallego, el ex mandatario fue proclamado aspirante del Herrerismo a la candidatura presidencial nacionalista. Eso se logró tras un acuerdo con el senador Francisco Gallinal que irritó a figuras destacadas, pero que se concretó en la creación de un movimiento (Unidad Nacional, la UNA). Hoy es el sector más importante de su partido, desplazando a Alianza Nacional de Jorge Larrañaga.
No iba a ser la primera campaña de Lacalle, quien a los 17 años recorrió el país acompañando a su abuelo, Luis Alberto de Herrera, en los raids proselitistas que llevaron a los blancos a ganar la elección de 1958. Si de algo se vanagloria Lacalle con razón, es que es un hombre político. Fue candidato a diputado en 1966, diputado en 1971, opositor a la dictadura y senador con la vuelta de la democrática, hasta llegar a la presidencia en 1990. Lo volvió a intentar tres veces: en 1999 (en la que resultó presidente Jorge Batlle), 2004 (derrotado en las internas por Larrañaga) y ayer. Es el último líder con poder real de aquellos con actuación política anterior a la dictadura.
Sin embargo esta campaña fue un tanto diferente a las otras. En mayo, cuando ya había iniciado la carrera para la elección interna nacionalista, un accidente doméstico obligó a intervenirlo quirúrgicamente por una lesión en un tendón en su pierna derecha. Lacalle se tropezó, de acuerdo a un comunicado nacionalista, cuando "llevaba la bandeja del desayuno de su esposa", Julia Pou, "como lo hace desde hace 37 años". A partir de ahí atendió las exigencias de la campaña con "un dolor que no le deseo a nadie", resultado de un reposo que se recomendó de un mes y fue de cinco días.
La interna fue una campaña exigente a nivel retórico y físico. Se inició con Larrañaga superando a Lacalle en las preferencias nacionalistas y terminó llevando al ex presidente a la candidatura de su partido. En el medio hubo duros cruces entre los dos aspirantes nacionalistas. El ex intendente sanducero afirmó que Lacalle representaba la derecha y por eso deberían votarlo a él, más centrista. A pesar de esa apariencia beligerante, sustentada en algunos spots agresivos, Lacalle y Larrañaga se mostraron conscientes de que la unidad era la mayor garantía a ofrecer ante una eventual segunda vuelta.
Por eso, el mismo 28 de junio, el Partido Nacional pudo dar esa imagen con el abrazo de los dos precandidatos ahora devenidos fórmula presidencial. "Si en algún momento salió de nuestros labios algún concepto que pudiera menoscabar nuestra unidad, queda olvidado. No lo puedo recordar, pero quizás ocurrió", dijo el ex presidente.
A partir de ahí la campaña se volvió una verdadera montaña rusa. Eso incluyó dichos de Lacalle que le permitieron al oficialismo torcer el debate hacia un juzgamiento de "errores" de Lacalle evitando el foco en Mujica y sus contradicciones. El ahora presidente no ahorró acusaciones a Lacalle, incluyendo el pertenecer a un partido golpista.
Entre las declaraciones de Lacalle más explotadas por el oficialismo habrá que ubicar aquella de que iba a utilizar una motosierra para cortar el gasto público (utilizado por sus rivales como referido al gasto social, lo que el candidato definió como una "tergiversión, una picardía bien hecha, con éxito"). Pero también estuvo lo de que Mujica vivía en un "sucucho"; lo que le dijo a Búsqueda de que "si fuera inversor esperaría a diciembre para decidir qué hago" (luego pidió disculpas); aquello de construir lugares en los asentamientos para que la gente pueda emprolijarse y una comparación no muy feliz entre el Plan Ceibal y la Tarjeta Joven. El oficialismo no se salteó esos dichos en una lucha que, en todo caso, tuvo excesos discursivos de ambos lados.
Pero Mujica tiene un blindaje que impide que lo oxiden sus errores. Lacalle, no. En la primera vuelta consiguió forzar un balotaje pero con 29% de los votos. El Partido Colorado se hizo de 17% y quedó claro de dónde fueron los votos de su crecimiento.
DURO BALOTAJE. El viaje de Lacalle hacia el balotaje tuvo también recodos intrincados. El ex presidente designó a Gustavo Penadés como jefe de campaña y sustituyó los colores partidarios por banderas nacionales, entre otras medidas.
La fórmula nacionalista intentó articular algunas propuestas. El tema de la inseguridad, por ejemplo. Lacalle se presentó como el único capaz de combatirla. Una serie de spots mostraban una ciudadanía ganada por el temor. Lacalle habló de bajar la edad de inimputabilidad y responder a lo que él consideró un reclamo popular de mayor represión. Sus propuestas no fueron discutidas. En ese sentido tampoco fue escuchado el reclamo nacionalista de un debate presidencial.
También se buscó convencer de los beneficios de un equilibrio entre una mayoría parlamentaria del Frente Amplio y un Ejecutivo del Partido Nacional. No se consiguió.
Lo que no faltaron fueron problemas. La primera polémica fueron anuncios publicitarios exclusivos para el Interior, en los que se vinculaba a Mujica y su barra con el arsenal de Saúl Feldman. Se intentó convencer de que en realidad de resúmenes informativos. Una interpelación a dos ministros por el herrerista Gustavo Borsari, no alcanzó para clarificar ese vínculo y pudo haber dejado en los votantes la sensación de que todo era una chicana de campaña. Lacalle reconoció que el utilizar el incidente "quizá haya sido un error".
El segundo episodio, aunque con una trascendencia menor, fue la utilización de un spot que repetía imágenes de un comercial para un político porteño. Se trataba de un negocio del publicista Ramiro Agulla, quien había firmado el spot original. Nunca quedó claro qué de bueno y qué de malo tenía eso y en todo caso ameritaría una discusión sobre qué mostrar en un spot político.
El oficialismo los usó para golpearlo, como era de esperar, pero ambos sucesos también generaron rispideces en la interna blanca. Dirigentes de Alianza Nacional hicieron notar "errores" y mostraron disconformidad con decisiones tomadas.
Ambos episodios, además, generaron en los últimos 15 días discusiones en vivo de la fórmula con conductores televisivos que preguntaron sobre el tema. Algunos achacan una notoria irritación al cansancio de la campaña y lo inevitable que se volvía la derrota. Otros hablan de disposición de algunos medios a recurrir a la versión oficialista en los temas de campaña.
Ayer, Lacalle, reconoció la derrota hablando de unidad nacional. El mismo tono conciliatorio lo manejó el presidente electo. Habrá que olvidar algunos ataques realmente fuertes.
Diecinueve meses después de salir de su auto-ostracismo, Lacalle cerró su novena campaña electoral que como todas tuvo incontables batallas y algunas pequeñas victorias personales.