Álvaro Buela
PARA REALIZAR una lectura honesta de esta novela de Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978), o de cualquier otro de los libros que lleva publicados en los últimos años (¿cinco?, ¿siete?, ¿diez?), la primera tarea es despojarse de la polución discursiva que el propio Ramiro Sanchiz ha irradiado sobre sí mismo con metodología tentacular. En sus blogs, en sus "polémicas", en sus reseñas bibliográficas, en las apariciones públicas y, dicen, en su cuenta de Facebook, el hombre ha colmado la atmósfera de una inenarrable campaña autopromocional de la que pueden extraerse dos conclusiones: 1) Ramiro Sanchiz se ama; y 2) Ramiro Sanchiz se cree genial.
La segunda tarea consiste en hacer caso omiso del control parapolicial que el implicado viene practicando sobre la crítica literaria vernácula, en la cual también se otorga un rol de autoridad, más inexistente que bastarda. Sin ir más lejos, este suplemento ha estado en el foco de sus vituperios internéticos, al encontrar en él reseñas que, en su excelso criterio, padecen de "signos de una lectura insuficiente o indiferente o resignada o haragana" y revelan "la tendencia de ciertos críticos a señalar de ciertos autores apenas que son (…) graciosos, pintorescos y, en última instancia -esta es su mayor equivocación- inofensivos".
Una vez superado el síndrome del pavo real, la última tarea es enfrentarse a la lectura de La vista desde el puente, que ya Sanchiz se encargará de calificar. La columna vertebral está compuesta por una ucronía (o sea, una historia contrafáctica) que fabula que Artigas ha triunfado en su gesta militar, los charrúas no fueron exterminados y los límites del Uruguay trascienden los de la Banda Oriental, extendiéndose hasta las provincias de Río Grande, Corrientes y Entre Ríos. En ese contexto se entronca la peripecia de un escritor (el inefable Federico Stahl de otros textos del autor), quien luego del suicidio de su padre se sumerge en la investigación histórica iniciada por éste.
Todo exhala un fuerte aroma a oportunismo, Bicentenario de por medio, al que Sanchiz adorna con las inter, intra y metatextualidades típicas de un ex estudiante de Letras en plan "vedetonga": Borges, Dick, Levrero, Bioy Casares, Mella y -faltaba más- el propio Sanchiz. No obstante, aún teniendo en cuenta los facilismos argumentales (descubrimientos casuales, parrafadas explicativas, coincidencias forzadas) y el escaso calado de los personajes, la narración se desplaza con una velocidad considerable y logra interesar aún a los lectores más "indiferentes, resignados y haraganes" utilizando viejos trucos de las novelas de intriga, de Conan Doyle y Stevenson en adelante.
Al apostar a la revelación de un Artigas tirano, asesino y segregacionista, cuyo desarrollo canibaliza buena parte del entramado, quedan por el camino, apenas esbozadas, algunas ideas poderosas que podrían haber conectado la historia de un país con la individuación del sujeto en el presente. O las vicisitudes que arroja la construcción de los héroes nacionales, más allá de su condición moral, sobre la figura paterna dentro de una comunidad, en tanto intermediaria de la Ley. A cambio, Sanchiz pergeña un pasaje gratuito y sin consecuencias sobre un eventual incesto e insiste en la interpelación meramente libresca que el padre suicida ejerce sobre su hijo Federico.
Con sus virtudes y sus descuentos, lo mejor que puede decirse de La vista desde el puente es que logra recobrarse de la carga metaliteraria a la que está sometida y ganarse un lugar destacado dentro de la campaña autopromocional del autor. No es poco para una novela ágil, por momentos sobreexplicada y, sí, totalmente inofensiva.
LA VISTA DESDE EL PUENTE, de Ramiro Sanchiz. Estuario Editora, 2011. Montevideo, 160 págs. Distribuye Gussi.