Soledad Platero
TIENE MÁS de cincuenta años de carrera literaria y es una pena que algunos vayan a conocerlo recién ahora y por esta novela, que sale justo el mismo año en que le dan, por fin, el premio Nobel. Es una pena, decimos, porque El sueño del celta no está a la altura de otras obras de este escritor que no siempre fue genial, pero que tuvo momentos indiscutibles de buena literatura.
Más apropiada para una biopic de Hollywood que para ser tratada como una gran pieza de las letras, la novela recoge la historia de Roger Casement, cónsul británico nacido en Irlanda en 1864 y muerto en la horca en la prisión de Pentonville, en Londres, en 1916, acusado de traición, sabotaje y conspiración contra la Corona.
Vargas Llosa se interesó por la figura de Casement -un activo defensor de las víctimas del colonialismo en el Congo y en el Amazonas- cuando leyó una biografía de Joseph Conrad. Le llevó tres años reunir documentación e investigar los hechos para escribir este texto que, según dice, no es una novela histórica, porque él nunca ha escrito novelas históricas.
Así que ésta, que no es una novela histórica, es poco más que la biografía apenas novelada de un personaje histórico, escrita de manera asombrosamente convencional, en una prosa igualmente convencional y falta de atractivos. Un relato de casi quinientas páginas que parece hecho para cumplir con un compromiso editorial, o para darse un gusto personal postergado durante mucho tiempo.
Fueron tres años recorriendo los escenarios por los que pasó Roger Casement: el Congo, Bélgica, Perú, la región amazónica, Irlanda, Nueva York y Londres. Vargas sacó apuntes, agotó horas en bibliotecas y museos, revisó archivos y materiales, vio objetos personales, fotografías, visitó lugares remotos. Trazó el mapa de la vida de su personaje, imaginó sus conflictos y emprendió la tarea de transformar toda la información acumulada, todos los rastros seguidos, en una ficción literaria.
Pero tal vez debió haber volcado más tiempo a la escritura y menos a la investigación. Quizás el problema de este libro sea que al final no hubo modo de poner tanta cosa en una novela sin que se transformara en lo que es: un apretado recuento de hechos presentados linealmente, como el resumen deslavado de una biografía que ya estaba volviéndose demasiado larga.
CAUCHEROS Y NACIONALISTAS. La primera aparición del horror tuvo lugar, para Roger Casement, en el Congo. Conocía el África desde 1883 y estaba instalado allí desde 1884, pero recién en 1903, y luego de un año de espera debido a un ataque de malaria, emprendió el viaje río Congo arriba que cambiaría para siempre las ideas que tenía sobre el progreso y la civilización.
La Sociedad para la Protección de los Indígenas, algunas iglesias bautistas y misiones católicas estaban denunciando desde hacía tiempo los abusos a los que eran sometidos los nativos en los territorios dedicados a la extracción del caucho. Casement, en ese entonces cónsul británico en Boma, fue designado por la Corona para comprobar la exactitud de las denuncias
El informe de Casement sobre las condiciones de vida en las caucherías -las prácticas de caza de nativos para el trabajo; los castigos y mutilaciones a que eran sometidos; las condiciones de miseria y explotación inauditas en las que vivían; la altísima mortandad causada por enfermedades, hambre y debilidad; la desaparición de tribus enteras por causa de las exigencias de los capataces- provocó la indignación de muchos ciudadanos británicos, que comenzaron a ejercer presión para que se revocara la decisión por la cual el Congo había sido dado, como obsequio personal de las grandes potencias, a Leopoldo II, rey de los belgas.
El segundo encuentro de Casement con la barbarie civilizatoria ocurrió en 1910. Una vez más, el gobierno de Su Majestad debía investigar denuncias de abusos en explotaciones caucheras, pero en esta oportunidad la empresa investigada, de capitales británicos, tenía sus instalaciones en la región amazónica peruana, cerca del límite con Colombia.
El viaje al Putumayo y la constatación de los espantos a que eran sometidas las poblaciones indígenas por parte de los encargados de las caucherías reavivaron el sentimiento profundamente anticolonialista de Casement, que empezaba a considerar que Irlanda, su país de origen, era también una víctima del apetito imperial de Gran Bretaña.
Los años siguientes los pasará trabajando para la emancipación de su pueblo, que debería producirse a través de acciones radicales, puesto que la corona británica no se mostraría nunca dispuesta a devolver pacíficamente a los irlandeses la soberanía sobre su territorio. Las actividades conspirativas de Casement terminarían al ser acusado de traición por el gobierno que antes le había otorgado un honorífico título de Sir.
FALLIDO VIAJE A LA FICCIÓN. Que Vargas Llosa es un defensor de la escritura de ficción es algo que todo el mundo sabe. Ha dedicado varias intervenciones a explicar su inclinación por los mundos imaginarios y por las aventuras que se producen en ese terreno intangible e infinito que es el lenguaje.
Se ocupó, como ensayista, de autores que fueron maestros en la creación de espacios imaginarios y dramas ocurridos en la escritura. Sin embargo, en esta oportunidad la escritura no venció en la pelea por el espacio discursivo. El relato de los últimos días de Casement y de los recuerdos de toda una vida no alcanza nunca el espesor de una novela, y se diluye en una crónica -por momentos apresurada, apretada; por momentos reiterativa- de los hechos que lo llevaron a la celda de Pentonville en que lo encuentran los lectores.
Vargas eligió el camino fácil: dividió el libro en tres partes (una para el Congo, otra para la Amazonia y otra para Irlanda) y alternó capítulo a capítulo los hechos del presente narrativo, correspondientes a la cárcel, con los recuerdos del personaje. El problema es que esa división de mitad y mitad lo obligó a insertar recuerdos en las partes correspondientes al presente (porque los recuerdos de toda una vida exigen más páginas que las escasas actividades de un preso en una celda de aislamiento), y para cuando el lector llega a la última parte, correspondiente a la lucha por la independencia de Irlanda y al intento de alianza con Alemania, ya no queda ningún misterio que develar.
Pero la estructura convencional de la obra no es lo más decepcionante. Lo peor, y tal vez lo más sorprendente, es la rotunda chatura de la prosa. No hay nada en este texto que recuerde la vigorosa escritura de los primeros libros, y tampoco hay rastros de la prosa juguetona y cursilonga de su narrativa erótica, por ejemplo.
Claro que podría decirse que en El sueño del celta lo importante son los hechos. Que lo importante es la exposición, no sólo de las aterradoras infamias del colonialismo, sino de las flaquezas de un individuo contradictorio, atravesado por la lógica de los fanatismos y el martirologio, condicionado por su homosexualidad y atormentado por la convicción de que ya no podrá cambiar el curso de la Historia.
Puede ser, pero la crónica de los hechos más importantes de una vida no alcanza para dar a un personaje histórico el espesor y la vitalidad de un personaje literario. Y la crónica de la barbarie colonial expuesta por Vargas no alcanza ni remotamente los inquietantes bordes de la locura que Conrad consiguió en El corazón de las tinieblas (1899), ni provoca la sensación de opresión y angustia que todavía hoy puede atormentar a quien se atreva a leer La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera.
Convencional en su estructura y en su prosa, desprovisto de toda audacia y de toda ambición literaria, El sueño del celta parece, sin embargo, un relato muy apropiado para una megaproducción cinematográfica. Impactantes escenarios naturales, un protagonista atormentado, heroico y malogrado, una denuncia social de hechos convenientemente perdidos en el pasado, todo parece garantizar el éxito de una pieza que, por si fuera poco, podría servir para actualizar el debate sobre las condiciones de trabajo en las grandes factorías capitalistas instaladas en el tercer mundo. Los que se pregunten por qué razón Vargas Llosa se ganó el Nobel, deberán buscar la respuesta en algún otro libro.
EL SUEÑO DEL CELTA, de Mario Vargas Llosa. Santillana, 2010. Montevideo, 454 págs. Distribuye Santillana.
Roger Casement, caballero y mártir
ROGER DAVID CASEMENT nació el 1º de setiembre de 1864 en Sandycove, un suburbio de Dublín, en el seno de una familia protestante por línea paterna. Fue bautizado en secreto por iniciativa de su madre, de origen católico, lo que le permitió morir amparado por la iglesia romana, habiéndose confesado por primera y única vez ante el sacerdote de la prisión de Pentonville, horas antes de subir al patíbulo.
Roger Casement murió en la horca, acusado de traición al Imperio Británico. Era culpable. Transformado en fervoroso patriota irlandés luego de sus viajes al África y a la Amazonia, creía que la libertad de Irlanda sólo sería posible mediante un levantamiento armado. Su convicción lo llevó a negociar con Alemania, enemiga de Inglaterra.
En 1912, después de denunciar los excesos del colonialismo en África y la Amazonia, renunció al servicio diplomático. Al año siguiente se unió a los Voluntarios Irlandeses. A partir de entonces, Irlanda fue su amor, su proyecto y su anhelo. Sabía, sin embargo, que no podría tener éxito una insurrección que no contara con el debilitamiento del ejército británico. La guerra que estalló en 1914 fue su gran esperanza. Si Alemania atacaba a Inglaterra, los patriotas irlandeses tendrían una oportunidad.
Pero Alemania no atacó. El alzamiento de Pascua, en abril de 1916 no apoyado por Casement, costó la vida de cientos de irlandeses. Sabía que en esas condiciones habría un baño de sangre y ninguna posibilidad de obtener un triunfo militar.
Fue apresado en el fuerte McKenna el 21 de abril de 1916. Pretendía disuadir a sus compañeros, pero no llegó a hacerlo. El alzamiento comenzó el 24 de abril y duró seis días.
Casement estuvo en prisión todo el tiempo que duró la insurrección. Murió en la horca el 3 de agosto de 1916, luego de que fueran denegadas las solicitudes de clemencia firmadas, entre otros, por Arthur Conan Doyle, W. B. Yeats y George Bernard Shaw.