Poesía que no envejece
"La tierra baldía" se titula, es de 1922 y siempre evocó imágenes poderosas. Fue escrito para la mujer y el hombre promedio que siguen una existencia rutinaria y sin sentido.
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Tras el fin de Primera Guerra Mundial, el arte de vanguardia volvió por sus fueros con más vigor, a pesar de que en 1922, hace 100 años, todavía se peleaba la Guerra Civil Rusa y la Marcha sobre Roma ponía al frente del gobierno de Italia a Benito Mussolini y su Partido Nacional Fascista. Ese año, sin embargo, fue clave en la renovación literaria y cultural. En San Pablo, Brasil, tuvo lugar la Semana de Arte Moderno, que reclamó para la vanguardia americana un carácter genuino y no de mera adopción de modas europeas. En similar sentido influyeron obras como el poemario Trilce de César Vallejo, y se publicó en París el Ulises de James Joyce. En Nueva York Thomas Stearns Eliot, más conocido como T.S. Eliot, (1888–1965) publicó su poema extenso La tierra baldía.
Un inglés peculiar
Aunque nacido en San Luis, Misuri, Eliot no fue el típico hombre del Medio Oeste norteamericano, pues su familia era de Nueva Inglaterra, donde tenían parientes y solían veranear. De ancestros puritanos, huidos de Inglaterra a las colonias tras la restauración monárquica al caer Cromwell —buscaban mayor libertad religiosa— los Eliot dieron varios brillantes pastores a la Iglesia Unitaria, corriente cristiana que niega el dogma de la Santísima Trinidad.
Eliot volvió a Nueva Inglaterra para recibir, en la Universidad de Harvard, una sólida formación filosófica y literaria, teniendo entre otros destacables profesores a George Santayana, Irving Babbitt y Bertrand Russell. En Harvard se interesó por el sánscrito, el hinduismo y el budismo, estudios que influirán en toda su obra, y de modo especial en La tierra baldía.
En 1914, Eliot emigró a Gran Bretaña, por considerar que era el mejor lugar para desarrollarse como escritor. En más de un sentido desandaba el camino de sus ancestros: en 1927 se convirtió al anglicanismo y adoptó la nacionalidad británica. Incluso sus restos, junto a los de su segunda esposa, Valérie Fletcher, aguardan la resurrección en la Iglesia de East Coker, la localidad desde la que sus ancestros partieran rumbo a las colonias.
Para 1922 Eliot era ya muy valorado como poeta —sobre todo a partir de la publicación de Canción de amor de J. Alfred Prufrock en 1917— y también como crítico, aunque todavía tuviese que ganarse la vida como funcionario del Lloyd’s Bank. Desde 1915 estaba casado con Vivienne Haigh-Wood, matrimonio marcado por las crisis psiquiátricas de ella y la mutua incomprensión, que duraría hasta 1930. En octubre de 1922 aparece el primer número de The criterion, revista literaria fundada por el propio Eliot, que seguiría publicándola hasta 1939. Allí publica La tierra baldía por primera vez. Al mes siguiente es publicado por la revista literaria de vanguardias neoyorkina The dial y en diciembre aparece en libro por la editorial Boni & Liveright, también en Nueva York, ya con notas del autor que explican muchas —aunque no todas, ni en todos sus sentidos posibles— de las alusiones del poema. Recién en 1923 se publica la primera edición británica a cargo de Hogarth Press, editorial dirigida por Leonard y Virginia Woolf.
El que la primeras ediciones del texto, muy cercanas entre sí, fueran a ambos lados del Atlántico, ayuda a situar a Eliot como poeta británico a la vez que norteamericano, pues si afirmó de sí mismo que era “...clásico en literatura, monárquico en política y anglocatólico en religión”, escribió que su poesía “no habría sido la misma si hubiese nacido en Inglaterra, y tampoco si hubiese permanecido en Estados Unidos. Es una combinación de cosas. Pero en sus fuentes, en sus corrientes emocionales, viene de Estados Unidos”.
El texto publicado por Eliot era mucho más breve que los manuscritos originales. El autor solicitó a su compatriota el poeta Ezra Pound (1885–1972) que lo revisara. Desde que se instalara en Londres en 1908, Pound había sido mentor de no pocos nuevos artistas. Sobre esta faceta de su vida escribió Ernest Hemingway: “Dedica la quinta parte de su tiempo a la poesía… el resto a mejorar la suerte, material y artística, de sus amigos… los defiende cuando son atacados, los mete en las revistas y los saca de la cárcel… les vende sus pinturas… les arma conciertos… escribe artículos sobre ellos… les presenta mujeres ricas… les consigue editores para sus libros. Se sienta toda la noche junto a ellos cuando claman estar muriendo y les sirve de testigo en sus testamentos… les paga el hospital y los disuade del suicidio. Y finalmente unos pocos se abstienen de acuchillarlo a la primera oportunidad”. El caso es que Pound “podó” drásticamente el material de Eliot, trabajo que al autor le resultó convincente, tanto que la primera edición en libro del poema está dedicado a Pound, a quien califica como “il miglior fabbro” (el mejor herrero y, por extensión, artesano). Elogio que Dante había dedicado al trovador Arnaut Daniel en el “Purgatorio” de la Divina Comedia.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Eliot devolvería el favor a su amigo, internado en un sanatorio psiquiátrico tras ser declarado enfermo mental en un juicio por traición a los Estados Unidos —había trabajado a favor de Mussolini— al editar los ensayos críticos de Pound.
La tierra baldía consta, en su versión definitiva, de cuatrocientos treinta y cuatro versos, y se estructura en cinco secciones: “El entierro de los muertos”, “Una partida de ajedrez”, “El sermón del fuego”, “La muerte por agua” y “Lo que dijo el trueno”.
El estilo del poema es alusivo, fragmentario y, por ende, enigmático, incluso consultando las notas del autor. El texto está muy lejos de ser sencillo. Captar el sentido concreto de cada imagen es una tarea ardua, y lo que es evidente es el clima sombrío del texto, atenuado sólo al final de la última sección, que sugiere una posible esperanza.
No obstante, aquí y allá, cuando el lector ya se cree a salvo de la maraña de alusiones, porque algo tan erudito y complejo no puede tener que ver con su vida común y corriente, el poema le da certeros puñetazos de claridad:
Ciudad irreal,
bajo la parda niebla de una madrugada de invierno,
la multitud fluía sobre el Puente de Londres, tantos,
jamás pensé que la muerte hubiera deshecho a tantos.
Exhalaban suspiros, breves, espaciados,
y cada uno iba con la mirada fija delante de los pies.
Fluían, colina arriba y hacia abajo luego por King William Street,
hasta donde Saint Mary Woolnoth daban las horas
con un sonido muerto en el repique final de las nueve.
Es una multitud de gente yendo al trabajo, con los mismos suspiros de la muchedumbre condenada que se acerca a las orillas del Aqueronte, en la Divina Comedia. También la cómoda vida pequeño burguesa tiene mucho de muerte y de infierno, aunque nos aturdamos para no percibirlo.
El mes más cruel
El primer verso del poema es el más citado: “Abril es el mes más cruel”. Abril, y la primavera boreal, se asocian a ciclos míticos de muerte y resurrección, como el de Osiris, el de Adonis o la misma Pascua cristiana. Pero en un mundo que ha perdido el sentido de la vida, la fe y la esperanza que daban las viejas creencias, para sustituirlo por el vacío y la banalidad, abril se vuelve el mes más cruel, en parte porque se descree de resucitar, en parte porque, luego de acostumbrarse, resulta casi cómodo vivir como muertos. En palabras de Eliot:
Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, avivando
raíces sombrías con lluvia de primavera.
El invierno nos mantenía calientes, cubriendo
tierra con nieve que olvida, alimentando
con secos tubérculos un poco de vida...
Y más adelante, al final de la primera sección:
Aquel cadáver que el año pasado plantaste
en tu jardín ¿ha empezado a brotar? ¿florecerá este año?
¿O ha malogrado su lecho la súbita escarcha?
¡Ah, no dejes que el Perro, se acerque, ese amigo del hombre,
o con sus uñas lo volverá a desenterrar!
¡Tú! hypocrite lecteur, – mon semblable, – mon frère!
Este tema del cadáver en el jardín debe leerse en dos sentidos. Por un lado la culpa que se quiere dejar atrás, como sepultada, pero que siempre puede regresar. Por otro la necesidad de asumir las muertes que la vida depara para poder resucitar, no sólo a la otra vida, sino ya en la presente, tras cada caída.
Clásico y moderno
Suele creer el lector de cultura media —ateniéndose a las simplificaciones que recuerda del bachillerato— que todas las vanguardias implicaron una radical ruptura con la tradición. En el caso de Eliot —lo mismo que en el de Pound— lo que se da es una serie de sorprendentes maridajes entre tradiciones diversas. En La tierra baldía se alude al Evangelio, a los profetas del Antiguo testamento, en especial Ezequiel, a las leyendas artúricas, a la Divina Comedia, a los Cuentos de Canterbury, a Chaucer, Shakespeare y otros dramaturgos isabelinos, a los poetas metafísicos ingleses del siglo XVII, a los mitos de dioses que mueren y renacen, al hinduismo y al budismo. Pero a la vez está Londres y sus multitudes, las canciones de moda, las conversaciones banales y el sexo sin amor, todo ello en un paisaje fragmentado, inconexo y huidizo, que obliga al lector a trabajar, relectura a relectura, sobre los posibles sentidos del texto. Por todo eso La tierra baldía todavía tiene mucho por decir.
En la posmodernidad —o modernidad líquida según Zigmunt Bauman, que deja mucho que temer por lo inestable de los vínculos humanos cuando se llegue a la fase gaseosa— el hombre promedio e incluso el culto siguen, en la mayoría de los casos, una existencia a la vez rutinaria y vertiginosa que hace difícil no sólo encontrarle un sentido a la existencia sino plantearse la tarea de ponerse a buscarlo, que parece algo tan quimérico como hacerse caballero andante y salir en busca del Santo Grial. Las multitudes siguen yendo a desgano, como muertos vivientes, a sus empleos anodinos, y el teletrabajo pandémico y pospandémico, lejos de atenuar ese horror, lo ha encapsulado. Las grandes ciudades tienen un efecto ecológico cada vez más dañino, y el paisaje del Támesis que Eliot describiera, sin ninfas, contaminado e infestado de ratas en sus orillas, puede hallarse en cualquier ciudad, a poco que el viajero se aparte de los barrios elegantes. Y el hombre sigue siendo muy a menudo hipócrita, como denuncia la cita de Baudelaire con la que Eliot cierra “El entierro de los muertos”.
El problema que Eliot denunció en su texto angustioso, marcado por la incertidumbre de la primera posguerra mundial, pero también por su terrible primer matrimonio, sigue vigente. El hombre posmoderno es tan incapaz como el del siglo XX de unir razón y fe, y por ello se le pierde el sentido que encierran los viejos mitos de las más variadas culturas. Dante podía tener visiones armónicas y estructuradas, cuyo sentido captaban sus contemporáneos, mientras que el hombre actual percibe “sólo/ un montón de imágenes rotas”. Mas no es sólo por denunciar un problema todavía no resuelto que este poema mantiene su vigencia profética, sino también por los caminos de esperanza que propone en su cierre, al invitar al lector, citando los Upanishads, antiguos textos sagrados del hinduismo, a ser generoso y compasivo, así como también a controlar las propias pasiones. No puede haber proyecto de vida sano que no se apoye en esos tres pilares. Si el hombre actual decidiese tomar los fragmentos que le son dados y apuntalase con ellos sus ruinas, si diese la espalda a su tierra yerma y se pusiese a pescar —todo un acto de fe y esperanza, como el del Rey Pescador de la Leyenda del Grial— acaso le fuera posible poner un poco más en orden este mundo.
En palabras de Eliot:
Datta: ¿qué hemos dado?
Amigo mío, sangre sacudiendo mi corazón
la terrible osadía de un momento de entrega
que un siglo de prudencia jamás podrá revocar
por esto, y sólo por esto, hemos existido
algo que no figura en nuestros obituarios
ni en las memorias tejidas por la benéfica araña
ni bajo los sellos rotos por el flaco notario
en nuestros cuartos vacíos.
Tanto da si resulta o no, en términos políticos, económicos y sociales: entregar la vida siempre ha sido, es y seguirá siendo el único modo de hacerla valer la pena.
NOTA: Las citas de Eliot fueron tomadas de la edición de Cátedra a cargo de Viorica Patea, con traducción de José Luis Palomares.

160 mil dólares
T.S. Eliot publicó The Waste Land (La tierra baldía) en 1922, hace 100 años. La edición tiene 64 páginas, y estuvo a cargo de Boni & Liveright de Nueva York. El sitio de libros usados Abebooks ofrece varias primeras ediciones en inglés, la más cara a 160 mil dólares, más 12 dólares de envío.