Ida Vitale, el resplandor de una voz

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Ida Vitale Ombú

MIRADA CRÍTICA A LA OBRA

La producción de Ida Vitale es analizada de forma panorámica, libro por libro.

Montevideana de nacimiento, mexicana por adopción de exilio (1974-1984), cosmopolita por elección cultural, Ida Vitale (1923) ha conformado una obra cuyo ejemplo es hoy una rareza. Lo es porque su poesía pone a brillar la lengua y, por tanto, sus libros desafían a un mercado en el que poco importa el arte mismo de la palabra. En su formación gravitan dos españoles de la Generación del 98: la plasticidad de Juan R. Jiménez, y “la poesía como palabra en el tiempo” de Antonio Machado. La máxima vita brevis ars longa, la precisión y el juego, la musicalidad y la hondura, hacen a su estilo.

Fue la quinta escritora en recibir el Premio Cervantes y, haciendo honor a su apellido, a sus 95 brindó una conferencia cuya frescura y donaire celebró toda la prensa española. Con Wislawa Szymborska, Premio Nobel 1996 y nacida en su mismo año, comparte la aproximación intimista a lo existencial, la síntesis elocuente del verso, y una obra tan contundente como breve. Si bien la polaca incursiona más directamente en lo histórico y lo político, en ambas prevalece la elegancia de la ironía por sobre el tono destemplado. Sin prisa pero sin pausa, a lo largo de setenta años Vitale afirma su voz con apenas una docena de poemarios, y un puñado de libros en prosa: los relatos barrocos de Donde vuela el camaleón; la observación de la naturaleza hecha invención literaria en De plantas y animales; el mundo fantástico de un personaje imaginario en El ABC de Byobu, y el mosaico de memorias, Shakespeare Palace. A esto se agregan sus trabajos de crítica, que merecerían ser compilados, y una destacada labor de traductora, especialmente del francés y el italiano, algunos de cuyos autores orbitan en su universo creativo: Jules Supervielle, los herméticos Eugenio Montale y Salvatore Quasimodo, la prosa surrealista de Benjamin Péret o Boris Vian.

De plantas y animales
De plantas y animales

En su primer libro, La luz de esta memoria (1949) —extracto de un epígrafe de Lope de Vega— podía leerse por elevación el drama de la posguerra civil española: “a pesar de la sangre que procura/ cubrir de noche oscura/ la luz d´esta memoria”. En Shakespeare Palace (2017) rememora cómo vivió en su entorno familiar aquella dura circunstancia: “cuando el mantel era sustituido por un gran mapa de España donde, en lo que primero creí un juego para adultos, unos elementos señalaban las posiciones de las fuerzas republicanas mientras se oían las informaciones de la radio, acotadas las más de las veces con murmullos desolados o silencios que yo me cuidaba de no interrumpir, ganada por el sentimiento de que aquello que causaba tanta tristeza iba muy en serio”.

Sus dos primeros libros se publicaron desde la confraternidad generacional, en la imprenta artesanal La Galatea, cita en la casa de José Pedro Díaz y la poeta Amanda Berenguer. En la recién fundada Facultad de Humanidades y Ciencias asistió a un curso dictado por el exiliado español José Bergamín (1895-1983), mentor de una camada juvenil que conformaría la Generación del 45. En su homenaje entregó a la Caja de las Letras del Instituto Cervantes el manuscrito de Disparadero español. Crítica trashumante, que Bergamín le obsequiara en 1950.

De su generación, A. Berenguer (1921-2010), incesante experimentadora, incursionó en lo visual y en lo sonoro articulando así con poetas de los ochenta; Idea Vilariño (1920-2009) concentró su verso despojado en torno al desamor y a una fidelidad política; Orfila Bardesio (1922-2009) cultivó un original erotismo místico. Entre esa pléyade, Vitale se consagró al rigor estético, dando singular batalla con la lengua poema a poema. A cauta distancia de temáticas sociales y políticas —acuciantes en los 60— se dedicó a la alquimia entre lo lúcido y lo lúdico, entretejiendo líneas desde el barroco hasta las vanguardias. Al respecto, Michèle Ramond ha escrito que su poesía “busca en la ceniza y en el polvo donde ella cuece su obra, un principio de armonía (…) que vuelva a poner las cosas en un acuerdo y un equilibrio justos que imaginamos han sido rotos, pero cuya imagen finalmente ningún pasado nos la ofrece”. Acaso su clave sea haber asimilado la perdida batalla de todo mortal contra el tiempo, condensando la palabra a su favor.

Poco afecta a teorizar sobre su propio arte, en Poesía en la Residencia (2016) —incluye un CD con su lectura en vivo— declaró: “Forma es ritmo (…) blancos que sugieren pausas, la posibilidad de detenerse y pensar, o son simplemente un puente hacia algo que sea distinto”.

LA RAZÓN DE LA SINRAZÓN

La enrevesada formulación del amor con la que Cervantes parodia a su Quijote puede ser planteada como un vano intento de definir a la poesía, cuya naturaleza es también inapresable en términos razonables. Si bien son muchos los poemas que refieren a la palabra como fenómeno en “Parvo reino” (Sueños de la constancia, 1984) focaliza el asunto desde diversos ángulos: “A veces las palabras/ entran en un acorde,/ las cascadas ascienden,/ rota la ley de gravedad./ Luna muy poderosa/ la poesía acoge desoladas mareas/ y las levanta donde puedan/ arriesgarse hacia el cielo.” Desde ese cosmos de palabras a contramano de las leyes establecidas, su poética goza y celebra la lengua a la vez que problematiza y cuestiona la huidiza razón de ser del género lírico. En “Justicia” se pregunta, con sutil humor, sobre el alcance del propio oficio: “Duerme el aldeano en un colchón de heno/. El pescador de esponjas descansa/ sobre su mullidísima cosecha/ ¿Dormirás tú, en lenta flotación, sobre papel escrito?”.

En Jardín de Sílice (1980) según Helena Corbellini se “concita una belleza que acaba siendo el atavío de la muerte (…) un libro escrito con espinas”, ya desde la primera imagen: “Todo ortigas/ se obstinan cenizas jeroglíficas”. Allí se sintetiza la ascética constancia con que la poeta lidia ante el fárrago mundano: “Quien se sienta a la orilla de las cosas/ resplandece de cosas sin orillas”. Se elige el margen de los grandes discursos para encontrar en ese pliegue de silencio el resplandor de la propia voz.

Sus estrategias compositivas producen cierta tensión de opuestos. Se percibe en sus versos la calma en medio de la corrosión, lo inaprensible (sueños/ lo imposible) junto a la voluntad de realización (constancia/ procura). Hay un detenerse en zonas transitorias y en detalles sutiles donde el movimiento de las imágenes admite varias lecturas: “Tú quieta, aunque/ el trapecio todavía se mueva/ y te delate”. Un tema crucial es la dialéctica entre escritura y olvido: “La vida velocísima deja/ tras el zarpazo/ el desgarrón por donde gotea/ la constancia. / Luego vienen los argumentos del olvido”. En su indagatoria existencial, hechos, objetos y sujetos están atravesados por el inevitable ciclo de la temporalidad: “Transmutable semilla/ cuando la hermosura y la esperanza/ ensimismadas finen”. En la contrapartida exalta la maravilla vital: “Celebro el resplandor y el viento…/ Mido milagros/ y admito que toda la vida/ es su deuda.”

Sus poemas se van despojando de toda queja; si arroja miradas escépticas (“toda la vida una única/ árida playa vacía/ en la que no rompe/ la buscada/ la mágica ola”) también alienta respuestas vitales: “entonces, contra lo sordo/ te levantas en música/ contra lo ardido, manas”. A medida que su escritura avanza en el tiempo, la levedad, lo aéreo y el juego se hacen más presentes condensando capas de sentido. Al respecto ella ha reflexionado: “cada poema podía ser una diáspora, estrella de sentidos posibles; yo podía disponer del derecho a establecer que lo verdadero era esto, lo otro y lo otro” (“La dispersión y el límite”, 1982).

Una vía para internarse en su poesía es, justamente, dejarse llevar por la música que hace de sus versos un "canto quieto/ donde encender el alma". En Procura de lo imposible (1998) la primera sección, “Soltar el mirlo” —expresión figurada en francés por "empezar a charlar"— apunta a un liberar la voz junto a la polifonía de varias aves convocadas: golondrina, paloma, zorzal, gaviota, teru teru, el más silencioso colibrí inclusive, entre otros. Los acentos silábicos, las aliteraciones, las sinestesias alimentan la magia que convoca cada verso en ese libro donde la analogía entre lo que vuela y lo que canta, el reino de las aves y el plano del lenguaje, es punto de partida y de llegada. En “Lectura” se dice: "Al silbo de las sílabas subía/ de siete en siete vuelos/ hasta alcanzar un cielo/ de sílaba serena". Si el mirlo aprende a imitar sonidos, incluida la voz humana, ésta por su parte aspira al canto natural de los pájaros. Lo que dice del locuaz sinsonte (centzuntli, en nahuatl el "que tiene cuatrocientas voces") puede describir el complejo vínculo entre el poeta y su voz interna: "Él delira sensato en su fragmento./ Tan perfecto este diálogo, este lento/ juego de acompañarse y no entenderse/ a solas cada uno con su sueño".

TEXTURAS DE LA PROSA

En Léxico de afinidades (1994) da paso por primera vez a una alternancia entre el verso y los poemas en prosa. La libre asociación y los juegos fónicos tejen texturas que actúan como un imán, sin detenerse en la frontera de la significación. En “Cariópside” queda evidente el alcance sensorial de ese reino de las plantas que tanto fascina a la autora, herencia cultural de la tía Ida, botánica de quien a la vez proviene su nombre: “silicua del alhelí/ silicua de bolsa de pastor,/ cápsula de dormidera,/ balausta del granado,/ fruto de la zarzamora,/ hesperidio partido del naranjo,/ baya de la belladona.// Palabras-frutos/ de la jugosa vida de la lengua”. Entre su prosa se cuentan los relatos de Donde vuela el camaleón (1996), título inspirado en una cita de Leonardo Da Vinci. La ironía y el humor intertextual dan libre cauce a reescrituras mitológicas, como la figura del Minotauro, o de escritores como Zenón de Elea, filósofo de las paradojas: “Zenón era un devoto del cero, que es lo que está más cerca del infinito”. Este libro de franco experimentalismo tiene cierto aire borgeano en los microrrelatos de corte fantástico pero no ha sido reeditado ni incluido en otras compilaciones hasta el presente. Desde estos entramados conceptuales y lingüísticos se comprende la referencia que la autora hizo el pasado 23 de abril en la conferencia sobre Cervantes y Los trabajos de Persiles y Sigismunda, novela bizantina en la que el personaje Periandro dice: “la salsa de los cuentos es la propiedad del lenguaje en cualquier cosa que se diga”, a lo que Vitale agregó el comentario personal: “Todavía me felicito por haberme interesado más que en las aventuras, en el lenguaje en que me eran contadas”.

“La voz cantante”, última sección del libro Procura de lo imposible (1998), contiene 15 poemas en prosa donde el frenesí de la lengua ("se alzó gótico, barroco") se libera: "El Yo y el acto del Yo (...) jugaban al volante la clave de la vida, insatisfechos volaban, entre la realidad y el deseo". Con citas mitológicas, científicas y esotéricas, como tesoros escondidos entre un bosque de enigmas a descubrir, esos relatos parecen remontarse por momentos a lo más primigenio para renacer purificados ("Ay, un Fénix que no sea fenicio"), o para señalar una fuga de canto lírico: "Con el pie en el estribo, a renacer como si se tratase de la pájara vida".

Ida Vitale ofrece una escritura donde la hondura reflexiva se vuelve ligera desde la gracia musical de su arte, sea en verso o en prosa. Si su léxico se presenta por momentos exigente, a la vez incluye rasgos del mejor humor literario. La constante referencia al devenir de la palabra y de la existencia en paralelo, guarda siempre una distancia precautoria para no dramatizar ni establecer juicios categóricos, manteniendo una vigilante lucidez ante el declive inevitable de los seres y de las cosas. Aurelio Major, editor de Poesía Reunida (1949-2015), cita al cierre de su nota introductoria una reflexión de la poeta que bien puede dejar en vilo al futuro lector: “la poesía busca sacar de su abismo ciertas palabras que puedan constituir el tejido de cicatrización tras el que todos andamos sin saberlo”.

Este artículo de Luis Bravo es una mirada crítica a la obra de Ida Vitale, y como tal complementa el extenso reportaje de Yelly Barrios y Sofía Kliche publicado por El País Cultural el pasado domingo 28 de julio. Ambos conforman el homenaje de este equipo periodístico a la gran poeta uruguaya.

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