Poesía en tiempo de guerra

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Eduardo Milán

Poéticas de Milán

Rusia no es el talismán de Octubre pero tampoco es el talibán actual.

El zanate canta parado sobre la fuente del jardín de mi casa. No es una metáfora en busca del origen, un envío recurrente en tiempos de catástrofe. El recuerdo es una apelación a la anterioridad, hacia la confirmación de que no todo fue barbarie. Fuente, manantiales, surtidores: claridades en la tiniebla. Eso funciona. Para eso está el mito. Y para eso, si cavamos, está el zanate, en realidad su canto. El zanate se parece mucho a un cuervo. Es negro, muy negro, más negro, negro brillante. Y tiene la cola más larga que el cuervo. La fuente no es alta ni ancha. Es baja y de cemento carcomido por el agua, rodeada de una enredadera de hojas diminutas. Y puede secarse como una paciencia extenuada.

Yo no vivo el tiempo del zanate que canta sobre la fuente. ¿Qué tiempo estoy viviendo? Esta pregunta me la permite hacer la información que tiene la respuesta cantada —la información canta mal pero también canta—: el tiempo de la guerra. No me la permite hacer la poesía. Porque la poesía no sabe el tiempo en que vive. La poesía no vive en el tiempo. Sea la “palabra en el tiempo” machadiana o no, no alude a la historia. Alude al devenir de esa materialidad significante. Sea “subdivisiones prismáticas de la idea” mallarmeana o no: no alude a la historia sino al espacio. El espaciotiempo histórico me diría: vivís el tiempo de la guerra europea. Como bien dice Balibar: es una guerra europea, en el conjunto histórico llamado Europa. Rusia no es el talismán de Octubre pero tampoco es el talibán actual: el diálogo o confrontación rusa es con Europa. ¿O de qué se trata la dependencia europea del petróleo ruso? Pero esa pregunta no me la contesta la poesía. La poesía vive un no tiempo. En eso es maleable ese lenguaje. Uno hace para sortear la tendencia al sometimiento del que no escapa el lenguaje poético ni ningún lenguaje. Ese espacio histórico llamado Europa en la confrontación puede hacerse extensivo a otros espacios del mundo. Ese es el gran riesgo. No es un riesgo de la poesía que mientras encuentre un hueco donde manifestarse lo hará. No tiene ética ese lenguaje. Y eso es lo que produjo catástrofes de interpretación como la de nuestro dúo Vallejo-Neruda durante la Guerra Civil española en 1936: condenaron a todo aquel poeta que no fuera “realista” —confundiendo, de paso, como hace Neruda cuando dice el sermón, poeta y poema. Realista y “humano” (es decir, sensible a lo que le ocurría a sus semejantes en la guerra). Como si Góngora y el hiper-barroco culterano no fueran humanos. El peligro del momento que se vive no es sólo vivir y presenciar el exterminio y la extinción propia o de nuestros semejantes. Es confundirlo todo. Lo que, en el plano que sea, significa retroceder en los grados de conciencia de los que tenemos que hacernos cargo.

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