El Cerro San Antonio y una pregunta pendiente: ¿qué tan estables son sus laderas y sus viviendas?

La pregunta cobra fuerza después de meses de lluvias anómalas. La roca está atravesada por fracturas, pero no existe un estudio específico que permita determinar qué sectores presentan mayor vulnerabilidad.

Vista general de la rambla de Piriápolis. Foto: Ricardo Figueredo (Archivo)

Desde cualquier punto de Piriápolis, el Cerro San Antonio aparece. Se lo ve detrás del puerto, sobre la bahía, con la capilla en la cima y esa silueta que se convirtió en una de las postales más reconocibles del balneario. Subirlo es parte del ritual de visitar Piriápolis: a pie, en auto o en aerosilla -cuando el sistema estaba operativo- para mirar desde arriba la ciudad, las sierras y el mar.

Pero el cerro también es una estructura geológica compleja: está fracturado, atravesado por fallas y sometido a un factor que puede modificar la estabilidad de esas estructuras: el agua.

Después de meses de lluvias excepcionales -en Maldonado se acumularon entre 800 y 900 milímetros entre enero y agosto, por encima de la media- y en un contexto climático que podría favorecer la persistencia de condiciones lluviosas por el fenómeno de El Niño, la pregunta ya no es solamente qué tan emblemático es el San Antonio, sino cuánto se sabe realmente sobre su estabilidad.

Eso no significa que el cerro esté a punto de caer. Tampoco que cada grieta anuncie un derrumbe.

Lo que sí significa es que existen condiciones que justifican estudiar el riesgo con el nivel de detalle necesario para determinar dónde están los sectores más vulnerables. Y la misma pregunta alcanza a otros cerros donde se han construido viviendas.

Faltan estudios.

La advertencia no es que todo el Cerro San Antonio sea inestable. De hecho, una de las primeras precauciones que plantea la geóloga Leda Sánchez, directora del Observatorio Geofísico del Uruguay, es justamente evitar esa conclusión. Que un sector esté muy fracturado no significa necesariamente que vaya a desprenderse: puede haber zonas estables junto a otras más vulnerables.

“Pero si no se estudia eso es un lugar de riesgo”, explica Sánchez a Domingo.

En el San Antonio, Sánchez identificó un conjunto de fallas que corren en paralelo a una de las laderas, la que mira hacia el puerto. Allí, la geóloga apunta haber observado bloques caídos, aunque no se puede determinar si se desprendieron de manera natural o si estuvieron relacionados con intervenciones realizadas en la zona. También hay otras estructuras orientadas de manera perpendicular, aunque, según explica, para el caso el efecto puede ser similar. “Siguen cargando la falla”, apunta.

Desde que comenzó a observar la zona, una de sus primeras preocupaciones fue justamente el efecto que esas estructuras podían tener sobre las construcciones. “Lo que va a pasar es que van a tener serios problemas de humedad”, recuerda.

La explicación está en la propia geología del cerro. Sus rocas están atravesadas por fracturas y fallas, algunas de las cuales pueden presentar materiales como arcillas y brechas de falla. Estas discontinuidades interrumpen la continuidad del macizo rocoso y pueden facilitar el ingreso de agua.

En una ladera fracturada, las lluvias no son solamente una cuestión de cantidad de agua que cae. La infiltración puede aumentar la humedad y modificar las condiciones que mantienen estables los bloques de roca. En este tipo de sitios, los estudios geotécnicos también consideran que el agua puede generar presión en el terreno, reducir su resistencia, provocar erosión y favorecer desprendimientos o deslizamientos.

UNA RED A TODO PULMÓN: YA TIENE 27 ESTACIONES

Uruguay empezó a construir su red sismológica en 2013, con la instalación de la primera estación en Aiguá (Maldonado). Desde entonces, el sistema fue creciendo hasta llegar a 27 estaciones. La red permitió empezar a llenar un vacío que durante décadas alimentó la idea de que Uruguay no tenía actividad sísmica: permitió confirmar que el país experimenta sismos poco frecuentes, generalmente de baja a moderada magnitud. Estudios recientes identificaron al menos 13 sismos ocurridos en territorio uruguayo entre 2016 y 2025.

El sismo de Florida de mayo de 2021, por ejemplo, fue confirmado por cuatro estaciones de la red y alcanzó una magnitud local de 4,6. Después de ese episodio se instalaron dos nuevas estaciones en la zona y se reparó otra que estaba fuera de servicio.

Pero la expansión se hizo, en buena medida, a pulmón. La falta de presupuesto y de personal especializado ha sido una dificultad recurrente para mantener y ampliar el sistema. Parte de los equipos fueron adquiridos con dinero de la propia Sánchez.

Cuando habla de las 27 estaciones y de todo lo que queda por hacer, dice: “Yo sigo”. Y suma: “Es la pasión; es lo que tiene”.

Virgen del Mar: instalada en el cerro San Antonio de Piriápolis. Foto: R. Figueredo
Virgen del Mar instalada en el cerro San Antonio de Piriápolis.
Foto: Ricardo Figueredo.

Por lo tanto, en condiciones de lluvias intensas, explica Sánchez, el agua puede modificar la estabilidad de los bloques de roca al penetrar por esas fracturas. “El día que tiemble puede caer, el día que llueva demasiado también, porque el agua actúa como un lubricante”, dice.

Por eso, más que una fotografía del cerro en un momento determinado, lo que hace falta es saber cómo se comporta a lo largo del tiempo. Después de períodos de lluvias intensas, plantea Sánchez, sería importante comprobar si aparecen nuevas grietas o pequeños desprendimientos de roca y qué ocurre con las construcciones ubicadas sobre la ladera: si se agrietan los muros, si alguna estructura comienza a inclinarse, si aparece algún abombamiento o si se produce algún otro cambio.

El problema es que hoy esa información no está siendo recopilada de manera sistemática. Lo mismo ocurre con pequeños desprendimientos: alguien tendría que registrarlos y comunicar qué ocurrió después de una lluvia determinada.

“Con una mirada o con una foto no podés saber qué es lo que está pasando”, advierte.

Para determinarlo, sostiene, habría que hacer un estudio geológico y geotécnico específico: relevar en detalle las fracturas y fallas, conocer su origen y geometría, determinar el grado de alteración de las rocas y saber si las estructuras presentan brechas o arcillas de falla. A partir de esa información se podría evaluar el comportamiento de los bloques y establecer un seguimiento.

Hay, sin embargo, una herramienta que puede aportar información sobre uno de los factores que podrían intervenir en la estabilidad: la actividad sísmica (natural o, por ejemplo, por voladuras provocadas por la actividad minera de la zona). El Observatorio Geofísico del Uruguay instaló recientemente una estación en el Cerro Pan de Azúcar, cercano al San Antonio, que permite registrar con mayor detalle eventuales movimientos sísmicos.

Sánchez admite que su preocupación actual surge, en parte, de lo que observa en el terreno. “Cada vez hay más construcciones. El riesgo acá me parece que es importante’”. Pero enseguida introduce un límite: “Para tener certeza plena de cuál es la magnitud del riesgo, si es que hay riesgo, hay que hacer un estudio”.

A la falta de información se suma otro problema: según Sánchez, Uruguay tampoco cuenta con una normativa específica para este tipo de construcciones en laderas rocosas fracturadas, ni con un código de construcción sismorresistente. En su opinión, las condiciones de seguridad deberían contemplar al menos los cortes de las laderas, los bloques de roca y las construcciones o caminos situados debajo de ellos, especialmente en un contexto de proyecciones climáticas que apuntan a precipitaciones más intensas.

ESTUDIAR SISMICIDAD POR REPRESA DE CASUPÁ

La zona donde se proyecta la represa de Casupá está vinculada con la denominada zona de cizallamiento de Sarandí del Yí, una antigua estructura geológica que atraviesa buena parte del territorio uruguayo. Allí se han registrado sismos de baja a moderada magnitud. Por eso, explica Leda Sánchez, es importante conocer la actividad sísmica de la región antes de que comience el llenado del embalse: la carga de agua puede, en determinadas condiciones, modificar las tensiones sobre las estructuras geológicas y gatillar sismicidad. Hay numerosos antecedentes en el mundo de embalses que han generado este tipo de sismos. Para contar con esa “línea de base”, el Observatorio Geofísico del Uruguay instaló tres sismómetros en la zona, equipados para registrar con alta sensibilidad la actividad sísmica. Así podrá compararse la actividad previa con la que se registre durante el llenado. “Si sabemos que durante 12 meses no tenemos sismicidad, o que es menor a 1,5 de magnitud, es una cosa; si después de comenzar la carga se dispara, hay que prestar atención”, explicó Sánchez en el programa SobreCiencia. “Sin línea de base no sabés si antes temblaba o no temblaba”.

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