La vida de un Papá Noel uruguayo

| Desde hace 13 años, Alejandro Bellocq se calza el traje rojo y blanco para llevar esperanzas a los más pequeños. La zafra de cada diciembre hace la diferencia.

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Hasta las cuatro de la tarde es Alejandro Bellocq; luego, su personalidad cambia. Desde hace unos trece años, cada diciembre, se decolora el pelo y aprovecha su barba y prominente panza para encarnar el personaje que le cambió la vida: Papá Noel. Porque, aunque la leyenda diga que el verdadero vive en el Polo Norte, no le faltan colaboradores también en Uruguay.

Son casi las tres de la tarde cuando le suena el celular con la canción Jingle Bells. Es el aviso de que en una hora debe estar en el Portones Shopping a la espera de unas 700 fotos que le toman por día. "A veces son más, un domingo se puede llegar a las 1.600", dice con su voz y no con la risa grave impostada que hace a su personaje.

Con 51 años, funcionario público y casado, Bellocq comenzó a usar el traje rojiblanco cuando nació el menor de sus tres hijos. A los pequeños siempre les dijo que "Papá Noel es sólo uno y como no puede estar en todos lados contrata ayudantes para juntar las cartitas y repartir los regalos". Así empezó a grabar comerciales televisivos para luego pasar horas sentado en un centro comercial.

Al principio usaba una barba postiza y se pintaba el pelo. Entre lo que se derretía, las manchas, las pelusas y la especie de caspa que le dejaba la falsa vestimenta, se decidió por un verdadero cambio: decolorarse.

Cuando se aproxima el mes de la Navidad va a la peluquería y se hace dos o tres tratamientos hasta llegar al blanco. Le ponen una crema y agua oxigenada de alta graduación en el pelo, la barba y las cejas, y aguanta unas horas así en un proceso que califica como "lo peor de ser Papá Noel". Para evitar los vapores de amoníaco que se desprenden, inventó un snorkel por el que puede respirar y aliviar el sacrificio.

Mandó a confeccionar dos trajes para lavar uno mientras usa el otro. Compró el cinturón, los lentes redondos con aro dorado y el gorro. El resto es todo natural: los ojos celestes y la obesidad que le produce el hiperinsulinismo (contrario a la diabetes).

¿Sos de verdad? ¿Existís o no?, le preguntan los más pequeños. Él sonríe, les da ánimo, un caramelo y se saca la foto. Muchos le piden un cachorrito y hasta una jirafa. Incluso gente grande se le acerca. "Este año la mayor fue de 86. Pero hace un tiempo vino una abuela con 92 años y me dijo: `Espero volver el año que viene`. Lo hizo por cinco años más", recuerda.

Cuando Bellocq era chico los niños esperaban a los Reyes y no a Papá Noel. De hecho, él fue el primero en comprar regalos para su familia para un 24 de diciembre, cuando consiguió su primer trabajo en 1979. Sí recuerda que en una Navidad su padre adquirió un tocadiscos a válvula y fue el gran acontecimiento. Por eso insiste en que no importa la magnitud del regalo.

Desmiente que, como dicen algunos, Papá Noel sea el invento de una empresa de refrescos. "Es San Nicolás de Bari, un sacerdote italiano que luego fue cardenal en Turquía y por eso el color de su traje. En esa zona había muchos naufragios y varios de los sobrevivientes eran niños a quienes él les daba cobijo y les conseguía regalos".

Hace unos trece años, cuando comenzó a encarnar al personaje, el objetivo era meramente económico. Con lo que recaudaba -contando las publicidades- pagaba el colegio privado de sus hijos. Por eso se ríe al mencionar que su mujer dice que "Papá Noel existe". "Ahora lo hago como forma de llevar la esperanza y mantener viva la ilusión", explica mientas abre una libreta.

Es su agenda. En la primera página guarda una foto. Él está caracterizado. En su pierna derecha está apoyada una muchacha sonriente. En la izquierda, un niño de unos cuatro años. Parado, a un lado, el abuelo del chiquilín y padre de la mujer. Entonces cuenta: "La señora repartía en los ómnibus un poema de Neruda sobre la esperanza, a voluntad. Era de Florida y su hijo tenía leucemia. Estaba en Montevideo a la espera de un donante de médula. Todos los días venía hasta el shopping con cara de desgano y en compañía del pequeño a sacarse una foto. Pero un día dejó de venir. Apareció recién el viernes antes de Navidad, sonriente. Eran casi la nueve de la noche. Pidió la foto y contó que consiguieron un donante pero no lo trasplantaron. Lo internaron y le hicieron siete veces el análisis: el médico dijo que el niño estaba curado. `Le agradecí a la virgen y ahora vengo a agradecerle a usted`, me contó la joven".

Eso es la Navidad para Bellocq: una invitación al cambio de vida. "Si está mal tu forma de ser se te invita a cambiarla para algo mejor", dice. En su caso, el cambio es hasta físico desde el 1° hasta el 24 de diciembre. Poco antes de que se escuche el coheterío de Nochebuena, él llega a su casa para brindar en familia. Casi no vive la Navidad y llega agotado, con un cansancio propio del fin de la zafra, pero con la alegría de haber cumplido. Hasta el próximo diciembre.

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