¿Quedarse en la burbuja luego de que pase la pandemia?

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COMPORTAMIENTO

Para algunos la reclusión fue un alivio: no tenían que exponerse a las interacciones sociales. A otros, se les atrofiaron las habilidades de vincularse con los demás.

Octavio vive “feliz” actualmente. Tal vez la sensación que experimenta no se parezca a los lugares más comunes asociados a ese concepto. No es que tenga una numerosa familia que lo ame y respete. Tampoco es que haya hecho una fortuna que actualmente sea una fuente de compras o realizaciones previamente anheladas. No es que se haya enamorado y haya sido correspondido. No. Octavio se siente más o menos contento porque la pandemia le redujo la agenda social a un mínimo. La realidad uruguaya en los últimos meses le ha dado argumentos contundentes para quedarse en casa y reducir sus contactos al mínimo indispensable.

Ha encontrado, además, que su reclusión voluntaria —experimentada con algo parecido al bienestar— ha sido replicada por otros. “Tal vez descubrí que el resto de las personas empezó a comportarse, obligado por las circunstancias, como tendía a comportarme yo desde antes que comenzara la pandemia”, dice en diálogo por WhatsApp.

Además, agrega que cuando volvamos a algo parecido a la vieja normalidad, espera “no volver a tener interacciones personales tan frecuentes como antes”.

Tampoco es que sea un huraño, un tipo hosco e introvertido. Los que lo conocen destacan su buen talante, generosidad y humor. En los años previos a la pandemia, Octavio —sin llegar a ser un salidor frecuente— acudía a reuniones con amigos y a distintos eventos.

Con la llegada del coronavirus, y el teletrabajo, encontró un estilo de vida que lo satisface: “Descubrí que la mayoría de las cosas que hacía en la oficina, las puedo hacer en y desde mi casa”, comenta y también aporta que se acentuó un comportamiento que lo pone a resguardo de los demás: “Para mí, se profundizó algo que ya venía pasándome: el uso, cada vez mayor, de herramientas tecnológicas para interacciones sociales”.

Su teléfono es hoy un componente central y protagónico en su día a día, como en el de tantos otros. Desde ahí trabaja, mantiene amistades, hace compras y participa, aunque cada vez menos, de los espacios virtuales comunitarios, las redes sociales. “Después de un año y pico de pandemia, uso cada vez menos las redes sociales y cada más las formas de comunicación persona a persona (como WhatsApp, Zoom o el teléfono clásico). Probablemente en este período me comunique más con mis afectos de lo que los veía antes”.

Tenerle paciencia al amigo que no quiere volver a salir

“Lo más importante es la paciencia. Hay que estar dispuesto a recibir muchas negativas del amigo o amiga que luego del tiempo de reclusión no quiere volver a salir”, dice Álvez. Aunque esa persona diga una y otra vez “no” cuando lo invitamos a que salga de la burbuja, hay que insistir de una manera lo menos invasiva posible. “En vez de ir a la casa, hacer una videollamada. En vez de una visita como las de antes, pasás apenas unos minutos, le dejás algo y te vas. En definitiva, lo que hay que hacer es marcar presencia. Que la otra persona sepa que estás ahí”. Para eso, agrega la experta, hay que tener claro que no hay que interpretar el rechazo como algo personal, por más que las reacciones del amigo puedan interpretarse como frías.

Pero en algún momento se supone que volveremos a la antigua normalidad. ¿Qué pasará entonces? Bueno, tampoco será tan diferente a lo que se vive en la actualidad, según el psicólogo social Juan Fernández Romar. Él dice, también por WhatsApp, que “el coronavirus ha sido un factor disruptivo y transformador de una realidad que ya no volverá a ser lo que era”. Por más que, como añade, “en unos meses alcancemos una cierta inmunidad de rebaño y volvamos a una situación de mayor distensión en los protocolos de distanciamiento social y estrategias de bioseguridad”, aun así va a ser un camino largo y gradual, además de que el camino “no va a ser uniforme en los diferentes países de la región” (chau escapada a Buenos Aires o Rio de Janeiro que tenía planificada para celebrar el fin de la nueva normalidad).

La atomización social tiene, para Fernández Romar, implicancias importantes. Él conjetura que a raíz de esa atomización habrá menor cohesión social “debido a que vamos a tener menos intercambios con los grupos sociales más distantes de nuestra burbuja”.

Esa “ajenidad”, de acuerdo a su visión, va a llevar a un grado menor de solidaridad con los que parecen “diferentes” y “por ende, más peligrosos”.

Eso, a su vez, probablemente redunde en que aquellos “acuerdos” que se realizan, muchas veces tácitamente, entre distintos segmentos de población que comparten el espacio urbano sean más “laboriosos” de alcanzar, lo que a su vez puede derivar en consecuencia hacia en “formas múltiples de discriminación hacia los más pobres y vulnerables”.

En otras palabras: vamos camino a “sociedades más temerosas e hipocondríacas, con sistemas sanitarios más poderosos, aislamientos obligatorios, vallas epidemiológicas, análisis continuos de riesgos y exposiciones a nuevas enfermedades, contagiosas y de las otras”.

Para Octavio y otros como él, ese panorama puede en una primera lectura aparecer como no tan malo. Pero para muchos otros, eso se asemeja a una distopía. Sea como sea, es probable que tarde o temprano tengamos que salir de la burbuja. ¿Qué pasará entonces cuando tengamos que volver a interactuar con cada vez más gente?

La psicóloga Mariana Álvez le dice a Revista Domingo que ha visto varios casos de “ansiedad social” en los últimos tiempos entre sus pacientes. “No se sienten cómodos con los vínculos sociales y constantemente hay pensamientos distorsionados de la realidad. Se sienten constantemente evaluando o juzgando negativamente. Cuando empezó la pandemia, vi que pasó que para algunas personas eso fue un alivio. No tenían que exponerse. Para otras, fue una pérdida importante, porque ¿dónde desarrollás las habilidades sociales? Con los demás. Pero ahora cambiaron las reglas de juego”, comenta y refiere a los numerosos lugares que durante gran parte del año pasado y este fueron clausurados (como las actividades culturales y de entretenimiento).

Este último grupo, dice Álvez, la tendrá complicada cuando las consecuencias más negativas de la pandemia por el coronavirus empiecen a ceder. “No se sabe bien cómo regresar. Hay amistades que se desgastaron por falta de contactos frecuentes, por ejemplo. Y la reclusión y falta de interacciones puede reforzar inseguridades y ansiedades”.

Para Álvez, hay varias maneras de empezar a volver (ver recuadros) pero más allá de los posibles tips, enfatiza que hay que ser consciente que se trata de un proceso, no algo que ocurre en un santiamén. “Pasito a pasito, suave suavecito”, entonces, como cantaba Luis Fonsi en el hit Despacito.

hiperconectados
Foto: Shutterstock. 

Cómo recuperar habilidades sociales

“En los casos más severos, hay que acudir a ayuda profesional”, dice Mariana Álvez, pero para aquellos ejemplos un poco menos graves, ella recomienda algo que en su campo se conoce como “desensibilización progresiva”. “Se puede, por ejemplo, hacer una lista de distintos miedos de mayor a menor. Y comenzar a encarar eso que nos da menos miedo. De ahí, ir subiendo cada vez más en la lista. Si me pone incómoda juntarme para hablar en un grupo de cinco o más personas, bueno, hacer un mano a mano. Si me dan miedo los lugares cerrados, arreglar para ir a tomar un café a aquellos lugares que tienen mesas afuera”. La psicóloga recomienda un libre que cree que puede ser útil: Cómo hacer amigos e influenciar sobre las personas.

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