La fuerza de gravedad nos obliga a tener los pies sobre la tierra. Pero hay seres humanos que no se conforman, prefieren desafiarla. Ya sea por necesidad, trabajo, pasión o pura diversión, se las ingenian para estar varios metros sobre el suelo.
Entonces surgen historias, aprendizajes, responsabilidades y la revelación que desde arriba la vida se puede ver diferente o de que para todo siempre es necesario el otro.
Cinco profesionales de la altura le contaron a Domingo por qué allá en lo alto se sienten más seguros y tanto o más felices que en tierra firme.
Decano
En los libros de Vertical, la primera empresa uruguaya en utilizar las técnicas de trabajo verticales, Edgar Fernández (53 años) figura con la matrícula número 12. Obtuvo su certificación en agosto de 2001 y hoy es el empleado más antiguo en esta especialidad en actividad.
“Siempre me gustó la construcción”, cuenta este oriundo de Artigas y el mayor de cuatro hermanos que también trabajan en la altura. “Yo hacía de todo, pero me gustaba mucho hacer fachadas”, recuerda quien se inició trabajando en una constructora que comenzó a tener problemas y fue ahí que Claudio Cañete, director de Vertical, lo convocó para unirse a la empresa.
Su instructor fue Robert Ramilo, un uruguayo radicado en España que vino al Uruguay a capacitar personal en técnicas que acá no existían. “Tuve un mes para aprender a hacer nudos, armar instalaciones, hacer todo el tema de seguridad también. Me enseñó todo”, dice Edgar, hoy responsable de ir pasando esos conocimientos como jefe de equipo de Vertical.
Entre sus primeros trabajos figura la Torre de los Homenajes del Estadio Centenario, en la que estuvo en dos oportunidades. Primero a comienzos de los 2000, haciendo el saneado junto a Ramilo, y la segunda vez, pintando. Otro trabajo emblemático junto a su profesor fue la Cruz del Papa, en Bulevar Artigas. “Es una cruz de chapa rellena de material que se empezó a pudrir y picar. Nosotros chapeamos, la pulimos toda, la enmansillamos con mansilla plástica y quedó”, relata.
Pero lo que más disfruta es el trabajo que realiza en iglesias, donde también debe poner en práctica los conocimientos de restauración que, como dice, fue adquiriendo “en la cancha”. “Es un trabajo muy detallado que me encanta”, apunta y comienza a enumerar los más destacados: “La primera fue la Iglesia de Florida, que restauramos hasta las cruces; después la de San José, que hicimos cúpulas y fachadas; en Montevideo, la parroquia de los Capuchinos, que montamos todo; la de Tacuarembó, que restauramos de cero y se mandó hacer hasta la cerámica, y la de Paso de los Toros, que fue más de limpieza, pero era muy alta”.
Lo más alto que ha llegado son 150 metros, en UPM, realizando montaje y trabajando en la torre de evacuación de gases. También en Punta del Este, en las Torres Fendi, que superan los 100 metros. “Hacía tiempo que no iba a hacer un trabajo tan alto y el primer día que me colgué... ¡me dio una impresión! Pero es algo normal que pasa al principio, después uno se adapta y lo hace súper tranqui. Eso es una cosa que siempre hablo con mis compañeros”, dice.
En tal sentido, son fundamentales tanto los implementos de seguridad que se utilizan, como las medidas y los protocolos que se aplican (ver recuadro). A esto le debe sumar un cuidado personal que, en su caso, pasa por respetar los chequeos médicos periódicos que le exige Vertical y en los que hay pruebas específicas vinculadas a la altura. “Te hacen probar los reflejos y se controla mucho el peso también. Yo antes era más flaco porque fumaba, pero dejé porque a veces me sentía ahogado”, confiesa.
Como apunte anecdótico señala que el trabajo en UPM es como un chequeo médico en sí mismo. “Ahí tenés que estar bien físicamente porque no hay ascensor, hay que subir los 120 metros de los tanques por escalera”, cuenta y agrega que el descanso es otro aspecto clave. “Es algo que siempre le recomiendo a la gente joven, que dejen los asados o las salidas para el fin de semana, y que se alimenten bien también”, remarca.
Para Edgar todo se resume en una premisa básica: “En este trabajo, se cuida uno al otro. Yo estoy mirando a mi compañero y él me está mirando a mí. Por más que yo sea el jefe, el equipo es lo más importante. Todos estamos tirando para el mismo lado”, recalca y sostiene que, más allá de lo que piense el común de la gente, “este es un trabajo muy seguro; lo único es que hay que saber es que la seguridad está en vos”.
Capataz
Otro que se enamoró de las restauraciones es Gabriel Irigoy (53), que trabaja en la altura desde hace 33 años y desde hace 15 lo hace para la empresa Collet Lacoste, especializada en restaurar muchos edificios patrimoniales emblemáticos. Por estos meses, por ejemplo, son los responsables de darle una nueva cara al Palacio Salvo.
“Empecé a trabajar en la construcción porque éramos muchos hermanos y necesitaba ayudar a mis padres. Comencé oficialmente a los 17 años, en una época en que se necesitaba el permiso de los padres, se entraba como peón común y trabajar en la altura era una herramienta más que vos adquirías. Ahora se elige trabajar en la altura”, explica al evocar aquellos días de andamios de madera.
Como lo único que le preocupaba en ese entonces era ayudar a su familia, nunca se le pasó por la cabeza si eso le iba a dar miedo. Lo que quería era aprender lo máximo posible para mejorar su posición laboral y, por ende, su sueldo. Llegó a ser capataz, pero el dueño de la empresa se jubiló. Como le pagó todo lo que correspondía, Gabriel le dijo a su esposa que prefería tomarse un tiempo porque ser capataz lo había desgastado. La decisión no duró mucho; al poco tiempo estaba entrando en Collet Lacoste como peón de restauración y, con el tiempo, volvería a ser capataz general.
Cuenta que la pasión por la restauración le viene de sus ancestros. El padre y el suegro de su abuelo tenían una empresa de ramos generales que, entre otras cosas, realizaba decoración. Su abuelo, hojalatero, continuó con el negocio y eso hizo que Gabriel mamara ese mundo desde muy chico.
“Ibas los domingos a comer tallarines, todos italianos, toda esa charla y el abuelo diciendo ‘estos muchachos tienen que trabajar porque el trabajo los va a sacar adelante’. El destino me llevó a la restauración y aprendí mucho porque tengo muy buena manualidad y muy buena memoria”, sostiene.
Su trabajo le exige entonces dominar dos cosas en simultáneo. Por un lado, saber manejarse en la altura y respetar todos los protocolos de seguridad, y por otro aplicar las técnicas de restauración (ver recuadro).
“Cuando uno restaura no es como un trabajo de albañilería, que es repetitivo, sino que tenés que poner mucha concentración y mucha cabeza. Te vas metiendo de a poquito y cuando querés acordar, el edificio te va ganando. El edificio mismo te lleva a concentrarte”, destaca y por eso insiste en que no es aconsejable realizar este trabajo escuchando radio o música. “En cualquier trabajo te desconcentra y mucho más en la altura donde tenés que tener todos los sentidos alertas. La mayoría de los accidentes son por desconcentración”, advierte.
Como dato aporta que la concentración aumenta a partir de los 20 metros. Antes de eso todavía se escucha el ruido ambiente que distrae, mientras que desde los 20 metros “estás vos, tu equipo y más nada. Es como que estás suspendido y ni siquiera mirás para abajo”, asegura Gabriel.
Como anécdota relata que los restauradores suelen dejar mensajes ocultos para quienes los sucederán en la tarea años después. Es como un “Fulano paso por aquí”. “Lo he encontrado en el Palacio Salvo, en el Palacio Legislativo, en una iglesia, en una fuente… Yo lo he hecho y aliento a los más jóvenes a que lo hagan”, comenta.
A la hora de mencionar los trabajos que han marcado su carrera, como obra de restauración elige a la Basílica de Paysandú. “Me conecté un poquito más con la historia del país”, apunta. Pero como trabajo en sí, en el lugar más alto coloca lo hecho para la Fundación MIR en el arreglo de casas para personas de muy bajos recursos. “Yo aprendí a trabajar con las manos desde que tengo 17 años; con MIR aprendí a trabajar con el corazón”, asegura.
Protocolos, seguridad y chequear
“La seguridad sos vos”, dice Edgar Fernández tocando un tema que es fundamental para el trabajo en altura. Los cinco profesionales consultados están de acuerdo en que seguir los protocolos de seguridad y contar con las herramientas adecuadas para sus respectivos trabajos es algo que no se negocia a la hora de subir.
Gabriel Irigoy lo basa en dos pilares: primero, contar con todos los permisos adecuados (altura, carné de salud al día), y segundo, conocer cómo está mentalmente su personal a cargo. “Los que están en la altura tienen los mismos problemas que los que están abajo, por eso yo un día desayuno con unos, al otro día con otros, veo cómo están, sé todo sobre sus vidas. Y si alguno está mal, lo bajo, lo llevo conmigo en la camioneta, charlo con él y le doy otra tarea”, relata. Además, prueba todo lo que se usa y realiza las maniobras antes de aplicarlas.
Para Guzmán Faget, en el turismo de altura los protocolos de seguridad van por tres líneas: el equipamiento (que esté certificado, probado y sea el propio de la actividad), la certificación del lugar y cómo está montado, y el conocimiento que tiene la gente que trabaja allí (que sepa de los materiales, que sepa de rescate básico o complejo). “Siempre tienen que tener su propio equipo por si deben asistir rápidamente a alguien”, apunta.
Miguel González señala que en arboricultura hay un equipo de protección individual (pantalones anticorte, casco, gafas) y otro de seguridad de trabajo en la altura (arnés, cuerdas semi-estáticas que resisten 2.200 kilos y la abrasión, accesorios). “Cuando empecé no había; yo me hacía el equipo. Por ejemplo, me hice mis primeros cintos”, cuenta.
Por el lado de Marcela Martínez, además de recurrir a telas cuyo material permita su performance, aconseja chequear todo tres veces —“siempre dejar de lado la soberbia y ver de vuelta”—, visitar antes la sala donde se va a actuar para ver sus condiciones y nunca trabajar solos. “Si estás solo, pedirle al portero que cada tanto se dé una vuelta y te mire”, recomienda.
Edgar insiste en usar casco, gafas y zapatos de seguridad, aunque se trabaje en una azotea, y para el trabajo en altura montar líneas de vida (cuerdas de dónde se enganchan los trabajadores con su arnés).
Todos coinciden en que muchos de estos equipos, que se van perfeccionando con el tiempo, son costosos, pero que la inversión lo vale porque está en juego nada menos que la vida.
Aventurero
Guzmán Faget (56 años) es técnico en acceso por cuerdas y técnico arborista. Desde hace ya unos cuantos años se especializa en trabajo en altura en turismo, un área en la que se ha ido desarrollando una amplia gama de actividades que hoy atraen a mucha gente: montañismo, tirolesas, rapel, puentes colgantes, carreras de aventuras, parques y hasta atracciones en lugares donde se celebran cumpleaños.
“Yo fui scout toda la vida. Estudié Ciencias de la Comunicación, pero no funcionó. Trabajé como educador para el INAU y en un montón lugares… No me encontraba, entonces me fui un año a Chile y volví con otra cabeza, decidido a armar una empresa que tuviera tres ejes de trabajo: recreación, aventura y equipo. Fue así que monté una empresa de aventura integral”, cuenta.
Le costó imponerse, pero el tiempo le fue dando la razón. Como curiosidad recuerda que en Fundasol, la persona que le rechazó el fondo para llevar adelante su idea, 20 años después lo estaba felicitando en un hotel por las actividades que había desarrollado y de las que había podido disfrutar con sus hijos. “Él no me reconoció, pero yo sí y se lo dije”, evoca entre risas.
Llegó a tener 30 personas trabajando y organizar siete eventos por fin de semana. Hasta que apareció la pandemia y se dio cuenta de que necesitaba bajar revoluciones. Desde entonces se fue decantando por la parte más de cuerda y altura, que siempre fue lo que más lo atrapó. Ha armado gran parte de los circuitos de tirolesa y rapel del Uruguay, ha trabajado en estancias y parques, y ha diseñado desafíos para programas de TV y carreras de aventuras.
Actualmente trabaja para varios colegios, organizando actividades en sus campamentos, y además es docente de la Universidad Católica en la Tecnicatura de Tiempo Libre y Recreación y en la Licenciatura en Educación y Tiempo Libre.
“Me dedico sobre todo a la parte de armado de equipo, supervisación, y formación de profesionales en la parte de protocolos básicos para sacar gente y velar por su seguridad. En este tipo de cosas, un error puede ser fatal o un accidente puede dejar bastantes consecuencias”, remarca.
Por otro lado está el trabajar con gente que experimentará la altura solo por el tiempo que dure esa actividad recreativa: el público. En ese caso debe apelar a toda la parte psicológica, motivacional y de confianza en el equipo.
“Trabajo en varios lugares donde van muchos niños y el niño puede ser muy arriesgado o tener mucho miedo. Lo bueno es que este tipo de actividades en la altura luego les termina sirviendo para poder hacer otras cosas en el futuro, para sentirse mucho más seguros en la vida”, destaca Guzmán.
Lo mismo le ocurre con los adolescentes. “Un fin de semana de aventura con un grupo de pares puede inculcarles o generar muchos más valores de trabajo en equipo, relaciones, seguridad, etc., que si se queda en su casa”, sostiene.
Destaca que cuenta con todas las certificaciones para trabajar en cualquier lado, pero lo que más le devuelve es su trabajo como docente y ver cómo la gente va incorporando conocimientos.
“Debo ser el peor docente porque no paso lista, soy horrible con la web de asignatura… pero la gente no falta y hasta algunos me preguntan ‘¿puedo perder la materia y cursarla de vuelta?’”, comenta sorprendido.
Hoy hay más personal capacitado
“Nosotros trajimos las técnicas al Uruguay en el 2000 y no había reglamentación”, cuenta Claudio Cañete, director de Vertical, la empresa pionera en el país en trabajos en altura. Desde entonces se han dedicado a formar a todos quienes se dedican a esto.
Gabriel Irigoy, de Collet Lacoste, dice que previo a cada obra realiza una charla específica a la que todos deben asistir, “aunque ya tengan 50 charlas encima”.
En tanto, Guzmán Faget celebra que hoy haya más gente capacitada, ya sea con cursos locales como del exterior. En sus comienzos eso no pasaba, recuerda que en su caso le sirvió haber representado a Uruguay en la Eco Challenge porque Discovery se ocupó de que los uruguayos fueran más profesionales para evitar accidentes. “Nos mandaba todas las semanas a hacer un curso, generalmente íbamos a Bariloche. Hacíamos guía de rafting, guía de montaña una semana en la montaña, trabajo en glaciares en los propios glaciares... Cuando terminó todo eso, yo tenía suficiente conocimiento profesional que en Uruguay no existía”, relata.
Por el lado de Marcela Martínez, aprovechó todo lo que la Plaza de Deportes de Pando le dio cuando era niña para luego potenciarlo en los distintos cursos vinculados al circo que fue tomando, sobre todo en el exterior: Argentina, México, Francia, Italia. “Todo eso lo alimenté con mucho curso en el INAE (Instituto Nacional de Artes Escénicas), en que fui parte de circulación docente en el interior del país, además de talleres de teatro, danza y más”, destaca.
Artista
Marcela Martínez (51) es licenciada en Educación Física y en Psicología. En 2003 tomó la decisión de dedicarse al arte escénico en el área del circo como aerialista. “Son las personas que hacemos tela, trapecio, aro…”, explica quien también se ha desarrollado en otras áreas como el clown y la puesta en escena. Ha sido directora de circo, ha tenido sus propias compañías y hoy comanda junto a su pareja, Carlos Dopico, el Teatrito Solís en el balneario homónimo.
“Para trabajar en esto hay que tener mucha intuición y mucha escucha de cómo estás. Si estás en un día complejo, donde las cosas anduvieron mal, tal vez no es un día para subirte”, aconseja quien ha llegado a trepar hasta seis metros de altura.
En su caso, debe dialogar con un público que está siguiendo con atención sus movimientos y quizás no la esté pasando muy bien por temor a que le suceda algo a ella. “En el circo trabajamos rompiendo la cuarta pared, entonces no te cuesta nada bajar un poco la intensidad de lo que estás haciendo para que la persona pueda entrar en diálogo contigo, y no sea una cosa que vos te exponés a tu máximo y la gente vuelve a su casa diciendo ‘no quiero ver más esto’”, detalla.
Marcela es otra de las que destaca que lo aprendido en el trabajo en la altura sirve también para muchas otras cosas en la vida. “Entrenás una respuesta, un reflejo, el ver posibilidades donde no las hay, el saber que hay una vueltita más. Aprendés a cuidarte, a cuidar la vida y a decir qué es importante y qué no”, asegura y menciona un ejemplo que le dio mucha satisfacción: “En uno de los talleres que di hace muchos años, unas chicas hicieron una muestra preciosa, pero mi gran orgullo fue que luego aplicaron lo aprendido para sacar adelante un proyecto de cocina. Esas son las cosas que te deja experimentar con el cuerpo”.
En la copa
Hace 16 años que Miguel González (43) decidió dedicarse por entero a la arboricultura urbana, es decir al manejo del arbolado que queda dentro de las ciudades, ya sea por implantación como por el crecimiento de la ciudad.
“Todo lo que hago es en altura, si bien hay algunos trabajos que son solo de monitoreo”, apunta y agrega que nunca había hecho ninguna actividad que lo agotara tanto físicamente. Con los años se ha adaptado, pero hay que tener presente que, al trepar a un árbol, su cuerpo participa mucho de una técnica que es exclusiva de la arboricultura.
“Casi siempre estás movilizando tu peso con las cuerdas y a eso hay que sumarle todas las herramientas que llevás. La estabilidad en el árbol la mantenés únicamente con tensión”, explica y aclara que también depende del tipo de árbol ya que la zona de anclaje puede variar.
Esa exigencia física determina que solo trabaje cuatro horas. “Mi cuerpo no rinde más que eso y así al otro día está recuperado para volver a la tarea”, señala y advierte que si hay cansancio, no sube. Lo mismo si las condiciones climáticas no están dadas (lluvia, viento y, en algunos casos, humedad).
En todos estos años de trabajo en las alturas, de estar trepado a 35-40 metros, son muchas las cosas que le han ocurrido. Entre las graciosas o sorprendentes están haberse topado con comadrejas en la copa de las palmeras —“bajo, y hasta que el animal no se va, no vuelvo a subir”— o tener que defenderse del ataque de gavilanes mixtos porque hay un nido en el árbol. Pero lo que más le llama la atención son las hormigas trabajando. “Estoy a 30 metros de altura y aparece la hormiga con su hojita”, dice este embanderado del respeto por los árboles.
Los cinco consultados coinciden en que trabajar en la altura es un privilegio, y si se hace de buena manera y con todas las condiciones, no es riesgoso sino divertido. Gabriel lo resume en una frase: “Es como subir a un panorámico todos los días y encima te pagan”.
"Se sacan más árboles sin evaluación previa"
Miguel González comenta que en Uruguay lo que más se conoce en el trabajo con árboles es la poda. “Tenés que saber cómo hacerla y no siempre es necesaria”, informa alguien que prioriza “conservar el porte natural del árbol y todo su servicio ecosistémico”.
Por su experiencia sabe que muchas de las jornadas de poda se hacen “porque alguien se equivocó en la decisión”.
Armó cursos en Facultad de Agronomía e INEFOP, y dictó otros en el exterior hasta que se cansó porque no llegó a su objetivo. “Yo quería lograr el mejor manejo del arbolado. Es verdad que hay personas trabajando de manera más segura, pero están sacando más árboles innecesariamente sin evaluación previa”, se lamenta.