Argentina está en la hora de la revancha nuclear

| Si bien los planes del Gobierno contemplan la terminación de Atucha II y su puesta en marcha en 2010, hay muchas interrogantes

El agotamiento de los combustibles fósiles que, se pronostica, tiene fecha de vencimiento ineluctable y aparentemente cada vez más cercana; el crecimiento de la demanda de electricidad, que la Agencia Internacional de Energía calculó en un 60% para 2030, y, last but not least, los devastadores efectos que, se asegura, la quema de combustibles fósiles tienen en el clima a través de la liberación de dióxido de carbono a la atmósfera, están condicionando un cambio de rumbo que hasta no hace mucho parecía improbable: tras décadas de letargo, la energía nuclear está volviendo a reclamar su lugar.

Estados Unidos, Finlandia, Francia, Inglaterra, Brasil, Egipto, Corea del Sur, Paquistán, Vietnam y Rumania están evaluando, comenzaron o están a punto de comenzar la construcción de nuevas centrales. Italia, país que había declarado una moratoria en los años ochenta, acaba de comprar acciones en una nueva central francesa. El gobierno alemán anunció que revisará sus planes de cerrar las centrales nucleares. Suecia está formulando una estrategia para extender la vida de las suyas. En Asia, China inaugura dos por año y planea seguir con este mismo ritmo durante los próximos quince. Japón construirá 12 en la próxima década, y la India, 20 antes de 2020.

La Argentina no es ajena a este panorama. Contra el telón de fondo de discusiones por el gas, reservas insuficientes y precios del petróleo en permanente alza, se enfrenta a la necesidad de aumentar su oferta energética para alimentar el crecimiento económico. En agosto de 2005, el decreto 981 dio el primer paso para terminar la central Atucha II, iniciada hace 26 años: se creó una unidad especial de gestión dentro de Nucleoeléctrica Argentina (NASA) y se nombró al frente al ingeniero Juan Carlos Antúnez, hoy vicepresidente de la empresa. "Hay una firme decisión del Gobierno de hacerlo. Esperamos tenerla en la red para 2010", dice Antúnez.

El tema, sin embargo, no es sencillo. El contrato original para su construcción estipulaba que la empresa Siemens proveería servicios, suministros y garantías, y arbitraría la transferencia de tecnología. Pero durante los casi doce años en que la obra quedó detenida, la compañía alemana abandonó la actividad de construcción de nucleares en el mundo.

Un intento de renegociar el contrato con la nueva empresa mixta en la que interviene Siemens -Framaton fue infructuoso y ahora se intentará seguir adelante con los recursos de la Comisión Nacional de Energía Atómica y de NASA. "Lo más importante es el recurso intelectual, dice Antúnez. La obra civil está terminada en un 95%. Tenemos el 95% de los materiales y sólo falta terminar algunos temas de diseño y el montaje electromecánico. Hemos firmado un convenio de asistencia con la Agencia Internacional de Energía Atómica y recurriremos a fuentes económicas del exterior". El costo del proyecto se calcula en 600 millones de dólares.

Supongamos por un momento que, por lo menos hasta que existan nuevas tecnologías efectivas para saciar el hambre global de electricidad, la opción nuclear ocupará un lugar importante en la actividad científico-tecnológica y económica de las próximas décadas. ¿Qué papel reclamará el país en ese escenario? La pregunta es de carácter estratégico, pero la respuesta refleja carencias preocupantes. Después de haber sido el primero de América Latina en tener una central nuclear de generación de energía eléctrica, en 1974, y el primero en enriquecer uranio (tecnología que dominan sólo diez países en el mundo), la CNEA, aparato científico con el conocimiento necesario para enfrentar los desafíos y aprovechar las oportunidades que se avecinan, se encuentra en un estado de extrema vulnerabilidad, imposibilitada desde hace una década de incorporar nuevos investigadores, lo que llevó a 52 el promedio de edad de sus integrantes.

"Después del decreto 1540/94, la CNEA quedó perdida. Está huérfana de apoyo. No participa de casi ninguna de las mejoras que se dispusieron para el sector científico; es como si el Gobierno no supiera qué hacer con ella", dice el doctor Alejandro Caro, ex director del Centro Atómico Bariloche que actualmente trabaja en el Lawrence Livermore National Laboratory, de los Estados Unidos.

"En los años noventa, la CNEA fue sometida al mismo régimen que el resto del Estado Nacional, explica Darío Jinchuk, jefe del departamento de relaciones bilaterales de la Comisión. La planta de personal fue congelada igual que en el Ministerio de Educación. Y los egresos no se pueden reponer". Como resultado de estas directivas apenas ingresaron en carácter de becarios unos 60 ingenieros, físicos, químicos y biólogos que ganan entre 800 y 1000 pesos mensuales, algunos de los cuales mantienen su condición de becarios desde hace doce años.

En 1994 ocurrió lo que algunos llaman el "desguace" de la CNEA: quedaron a cargo de la Comisión únicamente las tareas de investigación y desarrollo, la gestión de los residuos radiactivos, el desmantelamiento de las instalaciones nucleares y la producción de radioisótopos de uso médico, y se creó una constelación de empresas en cuyo directorio tiene participación para que se hicieran cargo del resto de sus funciones. Una de ellas es NASA, a la que se transfirieron las centrales nucleares en operación (Atucha I y Embalse) y la responsabilidad de terminar Atucha II. Otras son la exitosa Invap, que se dedica al desarrollo de tecnología de avanzada en varios campos diferentes, con la participación del gobierno de Río Negro; la Empresa Neuquina de Servicios de Ingeniería (ENSI), productora de agua pesada; Dioxitec, con el gobierno de Mendoza, se encarga de toda la producción de uranio y cobalto 60 (la Argentina es el tercer productor mundial de este elemento que se utiliza tanto para las fuentes industriales de cobaltoterapia como para el tratamiento del cáncer o la irradiación de plantas semi industriales y se exporta por un valor de más de dos millones y medio de dólares); Conuar, asociación entre la CNEA y Pérez Companc, fabrica los combustibles para los reactores de potencia y de investigación, unas 120 toneladas de uranio natural anuales, y Fabricación de Aleaciones Especiales (FAE), que produce materiales resistentes a la corrosión en procesos críticos.

Se trata de un importante capital de infraestructura pero, sobre todo, de conocimiento. Para Jinchuk, la ecuación energética no admite confusiones: "Con un kilo de uranio se produce la misma cantidad de electricidad que con 14 toneladas de petróleo, afirma. Un kilo de uranio cuesta a valores actuales 90 dólares, las 14 toneladas de petróleo, 6.700".

EL LARGO PLAZO. Pero no sólo los "nucleares" la defienden. "Se impone diversificar nuestra matriz energética, afirma Daniel Bouille, vicepresidente de la Fundación Bariloche-. Frente a los pronósticos de precio que se están planteando, la energía nuclear y la hidroeléctrica empiezan a ser competitivas". Y más adelante agrega: "Desde mi punto de vista y pensando en una estrategia de largo plazo, la energía nuclear tiene un papel que jugar. Además, derrama conocimientos y cobeneficios en otras áreas. Todavía existe una capacidad técnica importante que el país debería reforzar".

La mayoría de la energía local se obtiene de centrales térmicas y un 40% corresponde a generación hidroeléctrica. De modo que hay que rescatar la energía nuclear... pero, ¿cómo? Con una financiación del Estado y de recursos específicos de alrededor de 130 millones de pesos anuales, la preocupación de los investigadores surge, entre otras cosas, de la morosidad e indecisión de los tiempos oficiales. "Lamentablemente no hay decisiones claras sobre qué tendría que hacer la CNEA, opina Ernesto Maqueda, experto en física nuclear del estado sólido y nanotecnología. Se está haciendo una especie de reingeniería que nadie sabe adónde apunta. En el sector de investigaciones el problema es más serio, porque no hay directivas y desde hace varios años no es considerado como una parte sustantiva dentro de la CNEA. Una de las fallas de la democracia argentina fue no generar un sector independiente para que pudiera opinar sobre la energía nuclear. Es cuestión de esperar un tiempo y los grupos se irán descabezando poco a poco. Lo que falta es una decisión clara, pero no la hay".

"La CNEA ha sido vilmente desatendida y desmantelada de una forma vergonzosa: está al garete, dice el físico Roberto Perazzo. No hay una íntima convicción en los poderes públicos de que la alternativa nuclear es importante. Ahora surge la idea de resucitar Atucha II y todos los técnicos que la diseñaron en Alemania están jubilados. Eso muestra un poco el desfase lamentable que se produjo". Y más adelante agrega: "Hubo un problema de desmantelamiento, el capital social tecnológico ha sido dilapidado. Y, sin embargo, todavía sigue prestando servicios a la industria, es un milagro".

Para el físico, "esto no se puede hacer con cuentagotas, con vacantes congeladas, sin proyectos globales... La CNEA resultó ser promotora de tecnología, de ciencia de materiales, que es esencial para toda la ingeniería moderna. No tiene que castrarse dedicándose únicamente a lo nuclear. Es recuperable, pero hay que apretar el acelerador. Se necesita una inyección de grandeza".

El licenciado Héctor Otheguy, gerente general de Invap, opina que la situación energética internacional y nacional presenta una gran oportunidad para el país. "Una oportunidad de generar las condiciones para participar dentro de ese mercado que va a ser enorme", afirma.

Caro, por su parte, asegura que la perspectiva de un renacer nuclear es cierta. "No hay fuente de energía capaz de sustentar tal crecimiento y el desorden mundial generado por la guerra de Irak hace ver más crudamente lo vulnerable de las actuales fuentes, sostiene. Para mí, la frase que más impacta es que para satisfacer la demanda dentro de 20 años habría que construir una central nuclear por semana ¡durante 10 años! La Argentina podría aspirar a una porción de la actividad nuclear mundial: tal vez en combustibles, tal vez en control, tal vez en metalurgia. Tal vez en reactores enteros. No sé, pero así como está, no está en condiciones de enfrentar el desafío exitosamente".

Antúnez no está de acuerdo. "Atucha II ahorraría casi cuatro millones de metros cúbicos diarios de gas natural. Es una cifra importantísima. Que la CNEA ha perdido recursos es indiscutible, pero todavía quedan los suficientes como para llevar adelante este proyecto y para formar nuevos recursos. Hemos perdido el papel de pioneros, que no es tan importante. Lo importante es que recuperemos la energía nuclear en nuestra matriz energética. El sustento de la ciencia nuclear argentina tiene que ser el programa energético".

El riesgo de un apartheid

DIEGO HURTADO DE MENDOZA | LA NACION

"Las plantas nucleares no son bombas", sostenía James Lovelock a mediados de 2000. Uno de los padres del movimiento ambientalista, Lovelock aludía entonces al clima de temores irracionales que rodean a las plantas nucleares en muchos países del primer mundo. Ahora bien, el calentamiento global junto con las proyecciones alarmantes sobre el consumo energético están reconfigurando los imaginarios sociales de los países industrializados. La presión de los movimientos antinucleares ya no tiene la virulencia de los ochenta y algunos gobiernos europeos anuncian el retorno masivo de la energía nuclear.

Junto con la tradición biomédica que aportó tres premios Nobel a la Argentina y algunas líneas de investigación y desarrollo en biotecnología agraria, la energía nuclear completa la lista de áreas donde el país obtuvo los mayores logros en innovación tecnológica. El retorno de la energía nuclear al escenario internacional puede ser uno de sus puntos de partida para comenzar a reorientar el frágil perfil productivo hacia los bienes de conocimiento intensivo.

Ahora bien, a comienzos de los años cincuenta el mercado nuclear comenzó a configurarse como un club selecto, perfeccionando en eficiencia (no en sutileza) variados mecanismos de exclusión. Desde la producción de categorías analíticas, como el concepto de "país proliferador", hasta las represalias (retaliations) comerciales, legales y militares, la razón que legitima a la aristocracia nuclear, según los foros diplomáticos, es que no toda nación está en condiciones de manipular la tremenda fuerza de la naturaleza almacenada en los átomos.

El problema es que la estabilidad de una democracia es proporcional a su desarrollo económico, el cual, a su vez, exige electricidad. Y las plantas nucleares que la producen utilizan las mismas leyes naturales que las reacciones descontroladas de una explosión atómica. Es evidente que no se trata de un problema meramente técnico, sino político y económico: ¿quién tiene el derecho al desarrollo de tecnologías avanzadas?

Si un país "no previsible" —como el Irán de los mullah o la Argentina de Isabel Perón o del Proceso— necesita energía nuclear para producir electricidad, automáticamente es "sospechoso" de querer tener armas nucleares. ¿Pero cuán amplia es la categoría de "no previsible"? Cuando el Brasil democrático de Lula anunció en 2004 que buscaría entrar al mercado del uranio enriquecido, el Organismo Internacional de Energía Atómica exigió inspeccionar las instalaciones brasileñas, y algunos "expertos" vincularon el programa nuclear brasileño con el paquistaní.

Es esta fragilidad selectiva de las relaciones diplomáticas, complementada por la polisemia de los tratados internacionales, lo que obliga a los países vulnerables a negociar en puntas de pie. En definitiva, todo se reduce a la "sospecha" sobre las "intenciones" y, por lo tanto, a la revisión de "prontuarios". Y la Argentina, como todo país periférico, tiene un frondoso pasado de país "impredecible". Para empezar, a juzgar por la prensa y la producción académica norteamericana, perteneció a uno de los clubes prohibidos más temidos: el de la bomba atómica clandestina.

Los que conocen el tema dirán consternados: salvo algún desliz intrascendente de Galtieri, el programa nuclear argentino fue un ejemplo en su orientación hacia fines pacíficos. El problema es que también fue un ejemplo en la búsqueda del desarrollo autónomo y de la hegemonía nuclear regional. Y autonomía y hegemonía para los expertos norteamericanos es proliferación. Por ejemplo, en abril de 1984, en plena presidencia de Raúl Alfonsín, el New York Times sostenía que "la Argentina tiene el programa nuclear más avanzado de América Latina y, de acuerdo con la inteligencia norteamericana, capacidad para construir armas nucleares en tres años o menos".

Durante el gobierno de Menem, luego de cuarenta años de fuertes inversiones en investigación y desarrollo, el área nuclear argentina fue parcialmente desmontada y sus instituciones desarticuladas.

Si la Argentina decidiera recomponer su programa nuclear —la decisión de finalizar Atucha II es un indicio— y competir por un lugar en el mercado de tecnología nuclear, es de esperar que haya que volver a lidiar con la sospecha y los recuerdos selectivos de un pasado de país desobediente y proliferador y, en definitiva, enfrentar la agresiva agenda geopolítica de las potencias nucleares. La crisis nuclear de Irán es el comienzo. Y el escarmiento, al margen de los objetivos reales, será ejemplar. La Argentina debe tener respuestas diplomáticas contundentes, que no ayuden a crear precedentes para las políticas de "apartheid tecnológico" que en breve serán aplicadas sobre ella. En la era de la sociedad del conocimiento cualquier otra actitud sería una condena al subdesarrollo crónico.

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