El economista y director ejecutivo del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (Ceres), Ignacio Munyo, habló en entrevista con El País tras el desayuno que el think tank celebró el pasado martes. De qué puede pasar con distintas variables, según Yamandú Orsi o Álvaro Delgado sea el próximo presidente de la República, de hacia dónde debe apuntar al país y de la importancia de la mega-feria comercial Osaka 2025, entre otros aspectos, dejó sus opiniones Munyo.
-Analistas piensan que el panorama económico de Uruguay no cambiará, independientemente de quien gane las elecciones presidenciales. ¿En qué se notará más la diferencia?
-Más allá de los perfiles y de las dos visiones diferentes de país de los candidatos que se enfrentan en la segunda vuelta, lo que para mí es claro es que los desafíos son los mismos y que el primero de marzo, el próximo presidente va a tener que resolver problemas grandes de Uruguay, para que puedan cumplir con las promesas que han realizado de ambos lados. Tienen que enfrentar asuntos críticos que determinan el desarrollo del país, como la pobreza infantil, la situación de la seguridad y de los reclusos, la capacitación y la inequidad, y aspectos críticos de la salud que están plasmados en sus programas. El gran desafío, desde mi punto de vista, es cómo invertir en esas áreas, cuando no hay espacio para aumentar el gasto público, porque estamos en el tope de lo tolerable para financiar. No hay espacio para más impuestos ni para más deuda, que son las dos formas que uno podría pensar para financiar un aumento de gasto público. Tanto más impuestos como más deuda, son tremendamente contraproducentes para el crecimiento de la economía. El endeudamiento ha explicado en parte el encarecimiento de Uruguay con respecto al resto del mundo, y ese es otro de los problemas que está latente: cómo volver al país más competitivo, cómo lograr expandir la producción uruguaya en el exterior, con rentabilidad.
-Usted ha planteado la necesidad de la transformación del gasto público y la reforma del Estado. Ante un nuevo gobierno, ¿piensa que existe voluntad política para eso?
-Se ha planteado la transformación del gasto público desde la primera administración de (Tabaré) Vázquez, cuando hablaba de la “madre de todas las reformas”, y seguimos esperándola. Creo que esa es la bandera que va a tener que plantar el próximo gobierno para poder cumplir con las promesas, porque no veo otro camino posible. Pienso que “la necesidad tiene cara de hereje” y, si bien no se ha hablado de la reforma del Estado en esta campaña, es el factor en el que tendrán que trabajar para poder cumplir. Hay que mejorar mucho la forma en cómo opera el sector público. Repito, (la reforma del Estado) no ha estado presente durante la campaña, no sabemos si hay voluntad política, pero creo que la necesidad se va a imponer.
-El sector privado ha estado reclamando que disminuya el tamaño del Estado, ¿lo ve viable para el próximo período, considerando los intereses que mueve una decisión así?
-Para empezar, veo un contraste muy grande con respecto a la campaña de hace cinco años atrás, en la que se hablaba de una reducción de US$ 900 millones de gasto público y de funcionarios públicos. Cuando pasamos raya ahora, estamos con un gasto público que es, en términos reales, 4% mayor que el que había al terminar la segunda administración de Vázquez. Durante estos cincos años —entre 2015 y 2019—, el gasto público aumentó 13%, y ni qué hablar con el Gobierno de (José) Mujica, que aumentó 38% entre 2010 y 2014. Entonces, es una escalera que crece y crece. Es verdad que en los últimos dos gobiernos se desaceleró el crecimiento del gasto público, pero no ha sido posible frenarlo, ni reducirlo, a pesar de que esta discusión ha estado presente como un reclamo del sector privado, que siente que la carga es elevada. Y a los hechos me remito: basta ver que los sectores productivos que logran trascender a niveles de producción superior y liderar la exportación, tienen regímenes especiales, que son los que posibilitan que el aumento productivo sea rentable. Sin esos regímenes, no hay motores prendidos fuertes para mover la economía. Por eso digo que, al comienzo de un nuevo gobierno, después de ocho gobiernos democráticos ininterrumpidos, hay que tener muy claro qué ha funcionado bien y cuidar de no generar daños, que pueden ser irreparables, tocando lo que no hay que tocar. Es clave entender dónde no hay que meter la pata.

-¿Se refiere también a mantener la estabilidad y las reglas claras que han caracterizado al país?
-Eso, y a la promoción de inversiones. Cuando hablamos de regímenes promocionales, con la discusión de si habría que reducir los beneficios que reciben determinadas empresas, tenemos que ser conscientes de no afectar los motores que determinan el crecimiento del país.
-Referentes de varios sectores empresariales han expresado dos preocupaciones para 2025: negociación salarial y dólar. Los exportadores, por ejemplo, han ejercido una gran presión por tener un dólar más fuerte, mientras que las personas que reciben un sueldo en pesos, les conviene que la divisa baje. ¿A cuánto debería estar el dólar el año que viene, según sus fundamentos, y qué puede pasar en 2025?
-Ese es un gran tema, porque cuando asuma el próximo gobierno y las nuevas autoridades del Banco Central (BCU), no van a tener herramientas muy diferentes a las que tuvo esta administración para la dinámica del precio del dólar. Es claro que Uruguay va a mantener el sistema de flotación del tipo de cambio, por lo tanto, no esperamos grandes cambios en ese sentido, más allá de algunos matices. Pero esos matices se han visto en el pasado, por los problemas de competitividad. No era muy distinto hace cinco o 10 años; teníamos las mismas discusiones sobre atraso cambiario con otros gobiernos y otras autoridades del Banco Central, que tenían las mismas limitaciones de poder afectar el valor del dólar.
-No está planteado que el BCU intervenga directamente el precio del dólar, pero sí puede tomar determinadas decisiones que, de alguna manera, estimulen o no la compra de divisas en el mercado, y eso incide en el precio.
-Sí, hay acciones que el BCU puede tomar con mayor proactividad, pero eso no va a cambiar realmente el valor del dólar. Uruguay solo tiene un camino para ser competitivo, que es, desde mi punto de vista, procesar las reformas necesarias para que se abaraten los costos para producir. Mucho de eso es regulatorio, mucho tiene que ver con el peso del Estado y mucho con las empresas públicas y las tarifas. No creo en la solución de una devaluación como un atajo para ganar competitividad, porque sería reconocer la imposibilidad de hacer las reformas. O sea, sería básicamente darle un subsidio al sector exportador diciendo “yo no puedo —como país— procesar las reformas para hacer un Uruguay competitivo de primer nivel”. El “tirar la toalla” y entregar esa batalla con un dólar más alto, en el corto plazo, va a favorecer a los exportadores, pero va a terminar perjudicando el poder de compra de toda la población, porque vamos a ser más pobres en dólares para poder viajar, o para comprar productos importados. Eso no le conviene a nadie. Yo creo que hay que hacer todo lo posible para que la producción sea compatible con el nivel actual del encarecimiento del país. Es clave mejorar y aumentar los mercados de exportación.
-¿El próximo gobierno debería apuntar más a los mercados asiáticos, como comentó en otras ocasiones?
-Hay que hacer todos los esfuerzos para colocar la producción uruguaya en mercados que paguen por calidad. El caso de Japón es muy buen ejemplo de adónde se puede aspirar a colocar la producción uruguaya, porque es un mercado muy exigente que paga precios elevados. La lengua vacuna, que se vendía históricamente a Rusia, después de la misión oficial del 2022, se logró colocar en Japón y hoy la paga a cuatro veces más. Es una comida de nicho, muy valorada en Japón. También vendemos caviar, vendemos carne de primer nivel, podemos vender productos lácteos, pero no leche en polvo, sino quesos sofisticados. Japón es un mercado que paga la calidad y Uruguay la tiene, pero hay unir esfuerzos para que el volumen de lo que se vende sea un poco más grande de lo que es hoy. Hay más cien años de relaciones diplomáticas ininterrumpidas con Japón, recibimos la visita del primer ministro japonés a Uruguay en 2018, la del ministro de Relaciones Exteriores en 2021, el presidente uruguayo (Luis Lacalle Pou) viajó con una delegación importante a Japón en 2022, se han concretado inversiones muy importantes de ese país en los sectores forestal, cárnico y energías renovables, en los últimos meses. Y de abril a octubre de 2025 se realizará la gran exposición universal en Osaka, Japón, que es una oportunidad, y Uruguay XXI está trabajando hace tiempo para estar presente con un pabellón allí. La promoción del país a nivel internacional es fundamental para el próximo gobierno; es otra de las claves que hay que enfrentar con profesionalidad.

-Argentina ha manifestado interés en avanzar en un tratado de libre comercio (TLC) con China. ¿Puede hacerlo a pesar de las restricciones del Mercosur y podría ese antecedente favorecer a Uruguay?
-Hay que tener mucho cuidado con todo eso, Argentina también tiene interés en un TLC con Estados Unidos. Veremos qué pasa, ya sabemos que el Mercosur es disfuncional. Cuando Argentina tenga la presidencia pro témpore del Mercosur, a partir del primer semestre de 2025, veremos si logra algún cambio en el bloque. No ha sido posible hasta el momento. Yo no tengo expectativas de TLCs, sino de accesos puntuales en distintos mercados, generados en base a conversaciones bilaterales, como lo que decía de colocar más lengua en Japón, que es un ejemplo minúsculo pero significativo de lo que se puede lograr en un mercado que paga cuatro veces más de lo que pagaba el mercado anterior. Pero yo no me concentraría tanto en los TLC, y menos en este momento en el que el mundo está tan crispado, estamos moviéndonos en un equilibrio de cristal. Además, antes de hablar de China, miraría muy bien a Estados Unidos, que hoy para nosotros es un mercado absolutamente central, que no tiene techo para colocar servicios informáticos y profesionales, y que vive una etapa muy crítica respecto a China. Uruguay cuenta con una relación histórica muy buena con Estados Unidos, y tiene mucho por mejorar en la posibilidad de hacerle llegar más productos uruguayos. Por eso pondría toda la batería en Estados Unidos en este momento, y mantendría con China lo que tenemos.
-Usted mencionó en su presentación de la semana pasada que el Impuesto Mínimo Global “está en el freezer”, porque el presidente electo Donald Trump se opone a éste. ¿Por qué está ocurriendo eso, si ese impuesto es una decisión de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), no de Estados Unidos?
-Trump dio unas declaraciones de estar en contra de un impuesto mínimo global para las empresas americanas. La OCDE toma las decisiones, pero es un organismo intergubernamental del que Estados Unidos hace parte y éste es líder en todas las entidades a las que pertenece. Hay países que no han avanzado en el tema de ese nuevo impuesto global, esperando los resultados de las elecciones de Estados Unidos, y hay otros en Europa que ya lo han incorporado. Ahora Trump ha sido contundente. Ese impuesto es contrario a la filosofía de Trump de reducir el impuesto corporativo. De Biden a Trump cambió el panorama, aunque yo no digo que el impuesto mínimo global está muerto.
-Nos queda el tema de la negociación salarial que se va a dar en 2025, ¿qué reflexión le merece?
-Pienso que debemos tomar el desafío de repensar cómo se produce esta negociación salarial, cómo funcionan los consejos de salarios y los resultados que logran. Hay que incorporar elementos a la discusión, más allá del aumento del salario real por encima de determinados estándares. Tenemos problemas a la hora de procesar los grupos en los que se producen las negociaciones, que son de una diferencia enorme. Estamos desactualizados, no hemos podido adaptarnos a las tendencias globales. Yo aspiraría a que las rondas de negociaciones se hagan de una forma diferente, que podamos arriesgar una nueva dinámica interna de los consejos salarios más acorde a los tiempos actuales y no algo que ya quedó obsoleto, que se implantó hace dos décadas atrás.
-La Cámara de Industrias nos planteó la inquietud de que en la última negociación se definió un adelanto con una inflación estimada determinada y que después resultó mucho más baja, ¿cómo proyectar mejor los indicadores?
-Esas discusiones, que históricamente hemos tenido, son una parte pequeña de todo lo que implica la negociación laboral y salarial que debe incluirse en los consejos de salarios. Creo que debemos madurar el proceso y estar enmarcados en una discusión mucho más grande que incluya la disminución de las horas de trabajo de la semana, aspectos que hagan a la productividad, a la diversidad de tamaño de las empresas, sabemos que el mecanismo actual perjudica a las empresas pequeñas con respecto a las grandes, la tecnología en el trabajo, y muchas otras cosas. Todo eso lo sabemos muy bien todos y creo que es hora de introducirlo en la mecánica de funcionamiento de los consejos de salarios.