Conexión... con el derecho

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Para las desgracias, ningún momento es bueno, pero esto de Conexión Ganadera vino especialmente mal barajado y estalló en muy mal minuto. Lo precedió la muerte del impulsor y factótum de la empresa, en un choque impropio del Tesla que conducía. Y lo remachó un streaming que primero se aplazó y después resultó que no se montó para insinuar una propuesta concursal, sino para que el socio supérstite y el contador designado confirmasen, con gesto de perplejidad, la total insuficiencia de los activos para satisfacer los pasivos dolientes.

La explosión se produjo en plena transición gubernativa, lo cual disolvió en agua de borrajas la omisión de control bancocentralista sobre un negocio que nació y creció convocando al ahorro público, no ya volanteando en un barrio ignoto, sino mediante estrépito en el jet-set de la radio y la televisión.

Para peor, la indignación de los damnificados y el estupor nacional nos agarraron exhaustos, por la retahíla de crímenes barriales que derivan del narcotráfico y por la penetración de la narcodependencia en todos los estamentos. Y ante los hechos revelados hasta ahora por Conexión Ganadera nos renació la pregunta que cada poco tiempo nos interpela el alma: ¿cómo puede ser que haya llegado a ocurrir, con todos despiertos, esta brutalidad que normativamente jamás pudo ni debió nacer? Desde la crisis bancaria del 2002 al pasaporte a Marset y a lo que se va sabiendo de este pufo, esa interrogante nos asalta como una enfermedad que vuelve siempre.

Y, en verdad, sufrimos una enfermedad en la tercera acepción que registra el Diccionario de las Academias: “Normalidad dañosa en el funcionamiento de una institución”. Y, además, sufrimos una enfermedad en el sentido latino, que patentiza el vocablo italiano infirmità, falta de firmeza.

Sí: nos hemos dejado ir por los toboganes del relativismo blanduzco y de la dulce pereza, privando a nuestro derecho de la nitidez y el vigor que requiere distinguir a fondo lo lícito y lo ilícito, la ley y el delito. Entretanto, ayudado por la informática, el derecho ha pasado a ser un conjunto normativo de aplicación poco previsible, que se procesa en el lenguaje de especialistas para unos pocos iniciados, apartándose de la comprensión popular y -lo que es más grave- dándole la espalda muchas veces al sentido común.

A fuerza de importar modas de escenarios opuestos al nuestro, hemos anestesiado la sensibilidad ante lo absurdo, hemos perdido el resuello y la pista del primer hontanar del derecho, que es la conciencia. Ha llegado la hora de volver a esa fuente, para que el derecho se fortalezca no sólo en los vericuetos de las especialidades, sino también en la amplia avenida de los principios generales, sentidos como mandamientos morales anteriores a la legalidad escrita. La crisis de Conexión Ganadera tendrá el cierre pertinente en sedes concursales y penales. El tiempo la convertirá en un caso más en la historia nacional de la insolvencia fraudulenta. Pero, si queremos ser un Estado de Derecho, no sólo en la comparación internacional, sino también en nuestra vida diaria, deberemos entregarles pasión y militancia a los principios generales de derecho y a las bases valorativas que cimentan y alimentan al derecho, como territorio común del sentimiento, el pensamiento y la acción.

Si así no lo hacemos, nada bueno podremos esperar.

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