Las malas víctimas

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Ha sido históricamente la sexualidad de la mujer el leitmotiv preferido de quienes intentan, de distintas formas, conspirar contra el avance de derechos. Suelen ir al compás del auge de aquellos debates que representan un quiebre entre lo que teníamos y lo que comenzamos a tener.

La semana pasada, y de un modo casi performático, el exfiscal y actual senador de la República Gustavo Zubía, volvió a arremeter contra la Ley de violencia hacia las mujeres basada en género. Esto en el marco de un proyecto que busca, en palabras de sus defensores, subsanar desequilibrios entre el hombre y la mujer. El senador volvió a insistir sobre la necesidad de que la Justicia tenga en su poder el historial sexual de una presunta víctima de violencia sexual, argumentando que se trata de una cuestión de garantías para el o los acusados.

La idea desentona con la que la mayoría de personas tenemos respecto de la intimidad y cómo esta forma parte del dominio personal de cada individuo. Pero además, si uno se centra exclusivamente en el pragmatismo de la propuesta, no encuentra ni una sola coordenada en la que la vida sexual de una persona y la violencia de estas características tengan un punto en común o algún tipo de relación.

Entonces, ¿a qué se debe esa excesiva fijación sobre la vida sexual de las mujeres? Da la sensación de que más que una propuesta legislativa es un aporte intencional a una narrativa ya consolidada sobre las presuntas víctimas de abuso sexual. Si el fin de todo este entramado de propuestas y declaraciones está en dotar a la Justicia de más y mejores herramientas para, por ejemplo, hacer frente a las falsas denuncias, no es investigando la vida sexual de la persona que denuncia que se resuelve este asunto.

Por el contrario, garantizar de manera transversal a todos los implicados la investigación, transparencia y determinación que necesita cada caso de estas características puede que sea más útil que analizar con cuánta frecuencia tuvo sexo la denunciante en el último trimestre.

No es un dato de menor relevancia quién es la cara visible de esta propuesta. El senador Zubía ha demostrado, con el paso del tiempo, mantener cierta coherencia en relación a la posición en la que le interesa dejar a las presuntas víctimas.

Quiero detenerme en lo que considero más importante dentro del contenido de este discurso: el lugar en el que se sitúa a las víctimas. Para esto es necesario no perder de vista el arquetipo que prevalece en el imaginario colectivo sobre las mismas. Se suele caer en el error de pensar a las víctimas como figuras pasivas de la violencia sexual, que sienten vergüenza y hasta culpa; una estructura en la que, con parte de nobleza y parte de desconocimiento, encasillamos sin cuestionar demasiado. Entonces, cuando comienzan a aparecer víctimas que salen de ese lugar, nos descolocan.

Eso, sumado a las, evidentes y de larga data, problemáticas que tiene la Justicia para hacer frente a muchos de los casos de violencia y abuso sexual, decanta en proposiciones absurdas y sin ningún tipo de aval científico.

Este fue otro caso en el que las declaraciones del exfiscal ya no nos toman por sorpresa, porque quedan inmersas en una nebulosa de acostumbramiento, lo que lo vuelve todavía peor.

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