En el mundo hay personas que quieren cosechar frutos de arboles que nunca sembraron, decía mi abuelo.
Y cuando le preguntaba si eran muchas, me contestaba que no, que por suerte en el mundo son más los que siembran, riegan, se sobreponen a las tormentas y después cosechan con gratitud y orgullo el fruto de su trabajo.
Una de las tantas batallas de los tiempos que vivimos es la batalla cultural y casi antropológica del mérito. Es necesario reivindicar la justicia intrínseca existente en un resultado consecuencia del esfuerzo.
Lo que cuesta, vale. El resultado sencillo e inmediato no es digno de las grandes causas, de los grandes logros. Por eso la construcción de una cultura de la consciencia del valor de las cosas es vital, porque se nutre de reconocimiento de la realidad, sin el voluntarismo que construye vínculos en el aire.
La humildad de reconocer el mérito en el otro es un estribo para valorar el nuestro y probablemente para conseguirlo. Observar lo que nos rodea con atenta consideración, sabiendo que lo que otros hacen o dicen es una manifestación subjetiva de su apreciación y no la realidad. Saber lo que somos, lo que valemos y hacia dónde vamos jamás puede ser objeto de dudas propias. Lo que hagan agentes externos a nuestra voluntad escapa a nuestras posibilidades, por lo tanto observarlos sí, que nos determinen no.
En los tiempos que vivimos pululan las críticas, las redes sociales y los medios se inundan de manifestaciones llenas de rabia, frustración, envidia, odio, intolerancia. Pero no es obligatorio consumir todo eso, menos aún permitir que nos influya.
Casi siempre estas columnas las destinamos a hablar de Política, y esta también lo hará, pero desde otro foco, más profundo, más humano. Porque ¿qué es la Política si no una práctica humana donde dejamos afluir nuestras características más básicas?
La próxima elección nacional es un cruce de caminos. Es una coyuntura única donde se podrá elegir entre afianzar y consolidar la evolución del actual gobierno, o volver atrás a un modelo que solo se define por la negativa y no ofrece nada. Y nada más pobre de contenido e identidad que definirse por el “no” ser el “no algo”. Es esperar a que otro haga para estar en contra, quejarse o atacarlo. Es casi una confesión de incapacidad y la manifestación incuestionable de la nada. Solemnizando lo obvio (que es para ellos estar en contra) con una grandilocuencia exagerada.
Es más, recurre a referencias de pasados gobiernos que fracasaron con total éxito. ¿En serio apuntan a la “desprisionalización” como herramienta de combate a la inseguridad? Fracasó cuando la instrumentó el entonces ministro del Interior José Díaz y volvería a fracasar a futuro, como política pública y como señal a la sociedad uruguaya. De cosas como estas hablamos cuando la opción es volver atrás, a más de lo mismo, a peor de lo mismo. Y naturalmente lo que vale, cuesta. Reivindicar una visión del Uruguay, una interpretación del sentir popular y la puesta en agenda de políticas públicas que pongan al uruguayo en el centro pero desde su libertad, costará mucho. No es un tema electoral, es un tema cultural. Asumámoslo con tranquilidad.
Llamarle “trampita”, como hizo un precandidato de la oposición, a lo que sucede con la dictadura en Venezuela, un régimen autoritario que ha perseguido a miles de venezolanos, que ha encarcelado, proscripto y torturado opositores, es lamentable, avergüenza. Un régimen que ha expulsado 7,7 millones de personas de Venezuela (según datos de Acnur, la Agencia de la ONU para los Refugiados), que se fueron buscando protección y una vida mejor, es una crisis humanitaria sin precedentes, no una “trampita”.
Si cree que es una dictadura y lo calla, es cómplice. Si cree que no es una dictadura es igual de grave porque evidencia su falta de concepción clara de lo que es una democracia plena.
Preocupa lo que callan con Venezuela, evidencia la carencia de legitimidad para plantarse firme en estos temas, que los incomoda, que los deja en offside, que les genera ruido en la interna. Les duele y no por Venezuela, les duele por ellos mismos.
Ese cruce de caminos del que hablamos es, en estos temas, vital. Uruguay y sus ricas tradiciones democráticas merece un gobierno que a las dictaduras les llame dictaduras, y a las proscripciones como herramientas de ese régimen las llame por su nombre y no como “trampitas”.
La batalla por el Uruguay de los próximos tiempos cuesta y costará. Pero porque vale. Es obvio que así será. Es inconmensurable el valor de una decisión que se tomará desde la realidad y no desde los relatos. De uruguayos, especialmente los más jóvenes, los nuevos votantes, que podrán elegir desde la libertad y no desde el prejuicio impuesto por quienes antes pintaban “cucos” que hoy es notorio que no existen. El relato sucumbe ante un uruguayo libre que elige desde lo que ve, siente y piensa. Ya nadie le podrá vender trilladas historietas sobre fantasmas neoliberales.
Y en ese contexto por supuesto que el FA va a tirar con todo, que va a desplegar toda la munición pesada, porque saben a ciencia cierta que si pierden la elección es porque fracasó su modelo, si la gente no los elige es porque ya no permean los relatos.
Lo saben, les preocupa y los ocupa. Son perfectamente conscientes de la magnitud de la batalla, que al igual que nosotros saben que es cultural más que electoral.
La consciencia de la dificultad, la magnitud y la profundidad de los tiempos políticos venideros debe ser una herramienta que nos permita encararlos con la enorme responsabilidad que la coyuntura histórica exige.
No es una elección más, es la elección donde se define el rumbo, si se consolida o se cambia.
Seremos conscientes y estaremos a la altura de la circunstancia. Se vienen tiempos complejos electoralmente.
Así que “¡Agarrate Catalina!”