Crónica del último show de Joaquín Sabina en Uruguay: que el fin del mundo te pille bailando

"No los vamos a olvidar nunca", le prometió Sabina a los miles que fueron a su show de despedida en el Estadio Centenario. En una noche emocional, el español regaló música y se acordó de José Mujica.

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Recital de Joaquin Sabina.
Foto: Leonardo Mainé / El País

Los mejores momentos de un recital suelen estar alrededor de la música. Quiero decir: suelen ser, más que lo que ocurre en escena, lo que provoca la música. Los mejores momentos de un recital son, para el caso, parecidos a este que descubro cuando miro para atrás: está sonando "Y sin embargo" y en la mitad del primer anillo de la Tribuna Olímpica hay tres muchachos, posiblemente amigos, de los más jóvenes que están en esta noche en el Estadio Centenario. Cantan juntos como si nada más importara, como si en ese instante pudieran capturar, en el cuerpo o en algún lugar intangible, lo que se siente al ver por última vez a "Joaquín Sabina.

Este sábado, el cantante español se presentó ante una tribuna repleta en el Estadio Centenario, el mismo lugar en el que, dos años atrás, ofreció un show demasiado enérgico como para una despedida. Había carga como para otro intento. Sabina lo confirmó con esta vuelta que se anuncia, sí, como el último adiós de las giras internacionales. "Gracias para siempre", dijo cuando faltaba poco para que se bajara del escenario. Era, quizás, exactamente lo que el público estaba pensando.

El tour Hola y adiós comenzó en febrero en América Latina y llegó a Montevideo para una única fecha, tras pasar por Buenos Aires. Tiene actividad programada hasta noviembre, donde cerrará en Madrid con un "sold out" que ya está asegurado. En cada una de las paradas sucederá lo mismo: se proyectará el video de "Un último vals", la canción que el español estrenó antes de salir al ruedo y en cuyo video conviven Joan Manuel Serrat, Jorge Drexler, Andrés Calamaro y Ricardo Darín entre tantos otros; irrumpirá en escena con su sombrero beige, recorrerá una veintena de canciones, se alternarán momentos explosivos con muchos pasajes lentos y emocionales. Sabina cambiará tres veces de vestuario. Mara Barros será protagonista en unas cuantas oportunidades, y le quitará el aliento a la multitud cada vez que cante una copla. Habrá una despedida, y un regreso para los bises que marcarán el adiós. Sonará "Princesa" y acabará todo.

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Sabina arrancó el concierto con "Lágrimas de mármol".
Foto: Leonardo Mainé / El País

En cada una de las paradas, además, habrá eventualidades, guiños, palabras especiales, algunas dedicatorias, emociones parecidas, sí, pero distintas.

En Uruguay, por ejemplo, Sabina —adelante y al medio de sus músicos, dispuestos en semicírculo sobre una vistosa pantalla curva que fue parte importante de los atractivos de la velada— se tomó su tiempo para profundizar en su historia con esta tierra. "Un país pequeñito pero con un corazón enorme, y yo me he sentido siempre muy comprendido. Eso uno no lo puede decir en cualquier lado", prometió al tomar la palabra.

Luego siguió repasando amistades: "Toqué hace mil años en Madrid nada menos que con Zitarrosa, y luego en Montevideo no solo conozco las calles sino también algunas casas, porque Eduardo Galeano me invitaba siempre a comer, y Benedetti me invitaba café en su casa. Porque tenéis un montón de compatriotas que escriben. Por ejemplo, ¿cómo me voy a olvidar de Onetti que vivió tantos años en Madrid, y de Idea Vilariño y de Ida Vitale? ¡Viva el Uruguay carajo!".

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Su banda, con especial destaque de Mara Barros, fue clave para un muy buen show.
Foto: Leonardo Mainé / El País

Cerró recordando a Drexler —"me lo pusieron alguna vez de telonero y me gustó tanto que lo invité a venirse a Madrid"— y destacando "una amistad bastante singular con el presidente más importante que ha tenido nunca Latinoamérica porque es un sabio, don Pepe Mujica". Dijo que en la política se lo extraña.

Después, como de costumbre, alteró unos versos de "Contigo" para regalar un par de guiños: coló una mención al barrio Pocitos y cambió a la "muchacha de ojos tristes" por una "charrúa de ojos tristes", lo que arrancó un grito del público que le celebró cada una de sus ocurrencias, cada una de sus sonrisas, incluso sus malestares. Sabina padeció algunos problemas técnicos y se disculpó varias veces, aunque los desperfectos (por ejemplo, una falla en el teleprompter que le impidió terminar la presentación de sus músicos y lo llevó a dejar la escena) no afectaron en nada la emocionalidad de la noche.

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Sabina no se movió de su asiento y concentró toda la energía en la voz.
Foto: Leonardo Mainé / El País

Clavado en su asiento como la última vez, parándose solo para salir del escenario a cambiar el vestuario o para desplazarse a una mesita de bar en la que entonó un par de temas con Mara Barros ("Una canción para la Magdalena", "Por el bulevar de los sueños rotos"), Sabina cantó con contundencia, con la voz gastada y grave pero firme, apoyado en una banda que le permite una confianza ciega. Su ejecución precisa y el inteligente armado del repertorio fueron la base de un espectáculo muy potente.

Sabina se mostró especialmente contento. Elogió más de una vez el coro "maravilloso" que le regaló el Estadio con sus canciones más populares y, quizás por esto de la última vez le dio una hondura especial a algunos versos de sus letras bohemias. Pasajes como “He defraudado a todos, empezando por mi”, "Que el fin del mundo te pille bailando" o "Más de cien palabras, más de cien motivos / Para no cortarse de un tajo las venas / Más de cien pupilas donde vernos vivos / Más de cien mentiras que valen la pena" y, por supuesto, "Así que de momento, nada de adiós muchachos", parecieron cobrar un sentido distinto.

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Se acordó de todos sus vínculos uruguayos, de Drexler a Galeano, Benedetti y Mujica.
Foto: Leonardo Mainé / El País

Esa otra lectura estuvo latente durante las casi dos horas de concierto. Cuando cantó "Y nos dieron las diez" y todo el público entonó eso de "ojalá que volvamos a vernos", él soltó un "ojalá, ojalá", que no fue una promesa (no era parte del pacto) y, sin embargo, dejó prendida más de una ilusión.

Al final, cuando caían las 11 de la noche y el cielo estrellado de Montevideo le daba cobijo a una noche histórica, Sabina dijo: "No los vamos a olvidar nunca". Muchos (las parejas, las madres con hijos, los grupos de amigas y amigos) se sacaron la última selfie con el español de fondo.

En el aire, el eco de las canciones —de tantas noches, de tantas historias, de tantas vidas— dejó esa sensación de que, a veces, algunas cosas pueden durar para siempre.

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Varias generaciones dijeron presente para darle su última ovación uruguaya.
Foto: Leonardo Mainé / El País

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