RECUERDO

El recuerdo de Bob Dylan en Uruguay: un almuerzo en Colonia Valdense y un show accidentado en el Cilindro

El músico estadounidense visitó Montevideo en 1991 para presentarse en el Cilindro Municipal. Sin embargo, la acústica del lugar opacó la experiencia.

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Bob Dylan en el Cilindro Municipal.
Foto: Archivo El País.

Por Rodrigo Guerra
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"Llegó el día ‘D’: Bob Dylan, uno de los más grandes poetas del rock, actúa esta noche en el Cilindro Municipal”. Con este titular del lunes 12 de agosto de 1991, El País anunciaba la visita del compositor más influyente y enigmático de la música estadounidense. Era todo un acontecimiento para una ciudad que, de a poco, se acostumbraba a recibir a artistas de renombre mundial.

Todo había empezado en 1983 con el show de Van Halen en el Cilindro y siguió con otras figuras como Rod Stewart, UB40, Eric Clapton y Sting. Pero lo de Dylan, si se trata de calidad artística, superaba a todo lo anterior.

Traer a Robert Zimmerman fue toda una odisea. Originalmente, el show se iba a celebrar en mayo y formaba parte de la que sería su primera gira sudamericana. Sin embargo, canceló la visita por temor a la epidemia de cólera que había afectado a Argentina y Brasil.

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El afiche del show de Dylan en Uruguay.
Foto: Estefanía Leal.

Al final, la situación mejoró (“gracias a las eficaces medidas preventivas adoptadas por ambos países”, anunció El País) y Dylan retomó sus planes. Estaba en medio de su histórico Never Ending Tour (“La gira que no termina”, que empezó en 1988 y sigue en pie) y atravesaba una de las etapas más prolíficas de su carrera.

Solo en 1990 había publicado dos discos: Travelling Wilburys Vol. 3, de su supergrupo con George Harrison, Tom Petty y Jeff Lynne —Roy Orbison, que fue parte del anterior, había muerto en 1988—; y Under the Red Sky, uno de los más atípicos de su obra. Es que Dylan, que suele trabajar con una hermética banda en cada uno de sus discos, se dejó llevar por la experiencia colectiva de los Wilburys y grabó un repertorio repleto de colaboraciones. Los créditos incluyen, por ejemplo, a Slash, David Crosby, Stevie Ray Vaughan, Elton John y al ya nombrado Harrison. La crítica lo destrozó.

Fue con este proyecto que el músico —en ese entonces de 50 años— desembarcó en Sudamérica. La gira empezó en Buenos Aires, tuvo tres fechas en el Estadio Obras y dejó un momento inolvidable. “El cantante llegó al centro de Buenos Aires en un vehículo a cuyo conductor pidió que se detuviera dos cuadras antes del hotel para ingresar caminando, como un simple turista, y desconcertar hasta a los empleados”, narraba una crónica de El País. “Pasó largas horas encerrado y luego se supo que con su manager Jeffrey Kramer habían ideado un sistema de despiste de curiosos cambiándose de habitaciones. Como consecuencia de ello, ni los organizadores de la gira sabían dónde estaba”.

Su ingreso a Uruguay, el domingo 11, fue igual de llamativo. “Como siempre, llegó en medio de gran misterio”, anunció El País en la tapa del lunes 12. “Ayer, Bob Dylan ingresó a territorio uruguayo por la ciudad de Colonia, almorzó en Colonia Valdense y después no se tuvo ningún indicio de sus pasos. Sus músicos están alojados desde el atardecer dominical en el Hotel Victoria Plaza, pero él se encuentra en un lugar no revelado”.

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Dylan en la tapa de El País.
Foto: Estefanía Leal.

Junto a una comitiva de 24 personas que incluía a sus hijos Anna y Jakob, se abstuvo de todo acto público y no ofreció entrevistas. “La gente de Dylan ofreció una para un solo medio”, dijo Pity Iñunigarro, director de Abraxas, la productora que lo trajo a Uruguay. “Les dijimos que no podíamos aceptar; le pedimos una conferencia de prensa o nada... y fue nada”.

El que sí lo tuvo cerca fue el periodista Tabaré Couto, quien en 2018 narró la experiencia en un especial para la web de la librería Escaramuza titulado “Mis ciudades con Bob”. Así lo relató: “Estaba escondido en un equipo deportivo con capucha. Bob Dylan se sentó frente a mí en el lobby del viejo hotel Victoria Plaza, en unos sillones cercanos al ascensor principal. Llevaba un paraguas. Nos miramos en silencio. Me impresionaron sus profundos ojos claros. No pude reaccionar. No pude hablarle (...) Solo recuerdo esa mirada, ese instante que me heló. Y su equipo deportivo muy usado”.

La llegada de Dylan al Cilindro fue tan inesperada como su entrada al hotel bonarense. “Se bajó de una van y caminó unas cuadras para ingresar por una de las puertas del Cilindro envuelto en una bufanda color claro y con dos acompañantes muy grandes y con cara de malos”, destacaba la crónica de El País.

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Bob Dylan en Uruguay.
Foto: Archivo El País.

La apertura estuvo a cargo de Eduardo Darnauchans, un fanático acérrimo del estadounidense. “Esa noche decidí no pensar”, le confió años después a Nelson Díaz para el libro Memorias de un trovador. “Porque pensé tanto antes, y aparte estaba como en una especie de nube, parecía que hubiera tomado droga, cuando en realidad no se podía ni siquiera tomar alcohol… Me tomé un Valium porque realmente estaba muy emocionado. No pude hablar con él, sí con sus músicos. (...) Antes de pisar el escenario, pensé: ‘Bueno, si sobrevivo a esto, lo que pueda venir ya no me importa’’. Tras su presentación, que terminó con un “Gracias, Bob Dylan, por existir”, le hizo llegar tres de sus discos: Nieblas & Neblinas, Zurcidor y El trigo de la luna.

Y finalmente, a las 21.05, Dylan subió al escenario. Arrancó con “New Morning”, de su disco homónimo de 1970, y la acústica deficiente del Cilindro se hizo notar enseguida. “La amplificación no podía contra ese templo pagano apto para jugar al básquetbol pero infame para escuchar música”, escribió el periodista Henry Segura en su crónica de El País. “Parte de los cinco mil peregrinos reunidos corrieron hacia los parlantes para evitar los rebotes, aunque la mayoría debieron contentarse con saber que participaban más de un acto de adoración que de una apreciación racional de un fenómeno emocional”.

En YouTube se pueden encontrar tres canciones (“Man In The Long Black Coat”, “I’ll Remember You” y “What Good Am I”) que lo confirman: el sonido fue un desastre.“A menos que uno supiera las letras de las canciones, aquella noche fue prácticamente imposible escuchar con claridad su contenido y ello en un artista como Dylan es como si el pobre fuese malo”, escribió el periodista Daniel Isgleas en otra crónica para este diario.

El show duró poco más de 90 minutos y tuvo un montón de cambios sobre la marcha. Terminó unas cuantas canciones de forma abrupta, acortó letras y suprimió varios clásicos (como “Lay, Lady, Lay”) del setlist. “Al baterista lo gastó en una búsqueda permanente”, escribió Segura. “Lo dejó colgado en más de una oportunidad porque Dylan nunca sabe cuándo va a terminar un tema y daba el último acorde volteándose para el parchero de lujo que es Ian Wallance”.

Fue una decepción musical y financiera. “Abraxas cumplió con el público uruguayo: en mayo teníamos un sábado para este concierto, con lo que hubiéramos hecho un buen negocio”, dijo luego el director de la productora. “Esta vez nos tocó un lunes y aceptamos porque era nuestro deber con quienes confiaron en nosotros. El lunes es el peor día posible para un acontecimiento de estos. Ya no había ganancias, pero cumplimos, que era lo más importante en este momento”.

Dylan volvió a Uruguay en 2008 y la historia fue diferente. Llegó al Conrad de Punta del Este con su Never Ending Tour y no hubo problemas de sonido; dicen que fue un show sobresaliente. Eso sí, dejó otro momento insólito: para evitar el asedio de la prensa y de los fanáticos, en la tarde salió a andar en bicicleta vestido de mujer. Pero esa ya es otra nota.

El encuentro entre Dylan y León Gieco

El que se llevó el mejor recuerdo de la accidentada visita de Dylan a Montevideo fue León Gieco. Es que el argentino fue invitado al show del Cilindro porque su mánager, el ya nombrado Pity Iñunigarro, era justamente el encargado de traer al estadounidense a Uruguay; así logró un encuentro histórico con el estadounidense.

"Cuando terminó el concierto me fui para el hotel y Pity me dijo el lugar al que iban a ir a cenar Dylan, la gente que vino con él y los organizadores", narró en el libro Crónica de un sueño, de Oscar Finkelstein. "De casualidad, me tocó estar sentado en frente de él. Lo miraba comer y me sentía raro, no entendía nada (...) El tipo, por supuesto, ni me registró".

Sin embargo, justo ante de que Dylan se retirara del lugar, Gieco se acercó a su ídolo y le regaló un cassette de Concierto en vivo, el álbum que había grabado en 1989 junto a Pete Seeger en el Teatro Ópera de Buenos Aires. El obsequio tuvo un efecto inmediato. "Por primera vez en la noche, Dylan me miró con una expresión de sorpresa o a lo mejor de admiración y me dijo: 'Great, man'. Y enseguida se empezó a tocar los bolsillos para darme algo, pero como no encontraba nada, agarró una servilleta y me la autografió. Después, el mánager me dio un pin que es una armónica que dice Bob Dylan".

Ambos regalos están enmarcados en la casa de Gieco desde que el argentino volvió a su país natal. La única vez que lo sacó de su marco fue en 2006, y lo hizo por un motivo plenamente artístico: lo usó para la fotografía que ilustra la portada de 15 años de mí, su disco de grandes éxitos.

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15 años de mí.
Foto: Difusión.

Por lo tanto, todos aquellos que tienen ese CD con clásicos como "El ángel de la bicicleta", "Cinco siglos igual" y "Ojo con los Orozco", pueden decir que, en cierta medida, también tienen al autógrafo de Dylan en sus hogares.

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