Rubén Yáñez, un artista que se forjó en el teatro comprometido

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Yañez escribió junto con Milton Schinca "Artigas,  general del pueblo"

Ayer antes del mediodía en el foyer del Teatro Solís se realizó el velorio de Rubén Yáñez, destacado hombre de teatro que desde la década de 1950 venía aportando su talento a la escena nacional.

Su hijo, el músico Fernando Yáñez, hizo uso de la palabra y remarcó el carácter ético de la obra del artista, que fue enterrado horas después en el panteón de Agadu en el Cementerio del Norte. Se cerraba así una carrera que culminó a los 86 años y que transitó por las distintas etapas de la historia uruguaya, aunque su papel protagónico en Artigas, general del pueblo, que El Galpón hizo en 1985, sin dudas fue lo que más presente quedó en la memoria colectiva.

Los orígenes de este artista hablan de un Uruguay que hace tiempo quedó atrás. Hijo de una costurera y un trabajador de un frigorífico del Cerro, su primera vocación apuntó a ser tornero mecánico. Pero su maestro de escuela, cuando él terminó el último año, convenció a sus padres para que él tomara el camino de la docencia. Otra de sus pasiones fue la filosofía, hecho que luego lo convirtió en un hombre de pensamiento adentro de las filas del teatro independiente.

Había nacido en Montevideo, el 9 de marzo de 1929, y en la década de 1940, muy jovencito, participó en las llamadas Misiones Pedagógicas, que llevaban el arte a los pueblos más pobres del interior. Así, sus primeras actuaciones las hizo ante un público muy modesto: años después, cuando tuvo que llevar a escena piezas de clima criollo, recordó aquellas experiencias para recrear a los personajes de tierra adentro sobre las tablas.

Sus primeros pasos en el teatro profesional fueron en la cuna del teatro independiente, en Teatro del Pueblo, compañía que había sido fundada por el español Manuel Domínguez Santamaría en tiempos de la Guerra Civil Española. Allí fue convocado por su afición a la pintura, para realizar escenografías, y pronto empezó a ocupar otras tareas, propias de aquellas compañías basadas en la autogestión. Además de actuar y dirigir, se convirtió el maquinista e iluminador, para lo que tuvo que estudiar electricidad y fabricar los propios elementos de luminotecnia. Desde aquella primera experiencia quedó fijado su rumbo de compromiso social que marcó su quehacer escénico.

Pronto se vinculó a la Comedia Nacional, que dirigió entre 1962 y 1967: de esa época es su puesta de Galileo Galilei, de Brecht, que hizo en el Teatro Solís en 1964, siendo el primer título del dramaturgo germano que hizo el elenco oficial. Paralelamente, mientras llevaba decenas de títulos a escena, trabajó repetidamente para televisión, en puestas de teatro televisado, llevando títulos de Florencio Sánchez, Arthur Miller y otros clásicos a la pantalla chica. También hizo para la televisión uruguaya La trastienda, de Carlos Maggi, dramaturgo fallecido recientemente y que hizo equipo con Yáñez en muchas ocasiones, pese a sus diferencias políticas.

Cuando llegó la dictadura, se le prohibió "toda actividad cultural en el territorio nacional", hecho que da cuenta de su peso en el quehacer artístico de entonces. Llegaron sus años en el exilio, de los que regresaría triunfante en 1985, protagonizando aquel Artigas de El Galpón que también escribió junto a Milton Schinca, y que contó con dirección de Atahualpa del Cioppo, uno de sus grandes maestros.

De buena parte de su carrera dejó constancia en sus memorias, Hoy es siempre todavía, (Cal y Canto, 1996), legado al que se suman otros libros: Cultura y liberación, El fascismo y el pueblo, Teatro y educación, en donde afloran elementos de ideología marxista. También como escritor participó la adaptación de La tregua, de Benedetti, en la versión que el Circular hizo en 1996.

En 2011 había sido declarado Ciudadano Ilustre, reconocimiento que sintetiza su enorme obra. Ayer, artistas de varias generaciones le dieron el último adiós, en un clima emotivo que habla también de su legado.

"Un hombre orgulloso de venir del Cerro".

"Yáñez fue un referente indiscutido de la cultura nacional, un hombre polifacético, orgulloso de venir del Cerro. Además de su capacidad de análisis, su oratoria, su poder creativo, no se puede separar de él sus aspectos ideológicos, y su resistencia durante la dictadura. Y su Artigas, que fue un emblema por el mundo de la libertad que necesitábamos aquí en Uruguay", comentó a El País Héctor Guido, hombre de teatro y director de Cultura de la Intendencia, quien compartió con Yáñez desde el escenario hasta asambleas sindicales.

"Yáñez me comentaba, cuando le tocó hacer el Artigas, que no había función que no terminara al borde de las lágrimas, porque digo el texto desde las entrañas. Y eso también habla de su compromiso desde la emoción, con el corazón, con lo que está haciendo. Era un gran discutidor, de los mejores, de ejemplo de la capacidad para polemizar, que hace crecer enormemente. No nos olvidemos que él estaba en la dirección de El Galpón cuando fue clausurado, y todos sabemos lo que implicó Ruben y ese grupo de uruguayos por el mundo que tanto ayudaron a la recuperación de la democracia", remata Guido.

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